El Correo Digital
Domingo, 16 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Los vascos no tenemos fiesta
En la obsesión de mezclar celebración y reivindicación política jeltzales, batasunos y afines identifican el Aberri Eguna como un proyecto de fiesta nacional que ni es fiesta ni es nacional porque no significa compartir y porque se identifica con partidos y no con naciones ni mucho menos con personas. Si hubiese que buscar una denominación para el Aberri Eguna yo me inclinaría, dentro de lo festivo, por una especie de 'yo me lo guiso, yo me lo como' institucional y 'que lo dé el telediario'.

Si algo está claro es que ni el Aberri Eguna ni ninguna otra de las expresiones que el PNV ha querido, y no lo ha conseguido, generalizar como de celebración, constituyen una fiesta unitaria vasca. Aún no se ha logrado compartir y hacer común una fecha, una efeméride o un símbolo festivo vasco debido fundamentalmente a la cerrazón y al exclusivismo de los partidos cuyo origen está en la teoría y en la práctica sabiniana y en la máxima particularista que define vasco como nacionalista o viceversa. No puede ser que el recuerdo de una visita en 1932 a la casa del gran racista sea una fecha que podamos sentir los vascos.

Dos son los conceptos que más han unido y de una manera objetiva han sido acogidos con buen espíritu y con votos y apoyos por el conjunto de alaveses, vizcaínos y guipuzcoanos. Los Fueros (la realidad histórica que justifica una singularidad cierta que nos une en la diversidad) y el Estatuto de Gernika (nuestra buena noticia). La realidad foral nos ha unido a los vascos hasta que ciertos burukides han considerado y decidido despojarse en buena parte de esta característica exigente y de acomodo a la realidad institucional y constitucional española. Y el de Gernika ha sido el mejor y más amplio acuerdo alcanzado por los vascos en toda nuestra historia. La fecha del 25 de octubre sugiere pues satisfacción y consenso sin precedentes, consagra historia y fueros vascos, constituye un símbolo superador de divisiones políticas y describe una efeméride de hace más de un cuarto de siglo. Debiera de ser marco de nuestra gran fiesta vasca, pero hoy a PNV y a EA no les gusta, les incomoda y lo han desestimado a pesar de su relevancia histórica. Y a pesar de que el Parlamento vasco la aprobó como día festivo en una proposición debatida en julio de 2000.

El Aberri Eguna no es una fiesta porque la fiesta es en esencia integradora, abierta, alegre y clasificable en solemne o ritual o bien desenfadada e imprevisible. Y el Aberri Eguna es diferenciador, oscuro y cerrado y además coyuntural y perfectamente previsible; con lo cual no es un festejo es una celebración de parte como lo es la marcha de Portadown de la Orden de Orange. Es un concepto íntimamente ligado al lamento y a la ruptura y no al acuerdo y a la unidad.

Siempre hemos constatado que los vascos lamentablemente no tenemos fiesta y en los últimos tiempos hemos llegado a la conclusión de que es porque a los dirigentes jeltzales no les gusta celebrar nada con los no nacionalistas y porque por eso son nacionalistas y además porque la diferencia marcada y la búsqueda del agravio son motivos de autosatisfacción nacionalista. En el 'mal rollo' algunos se sienten a gusto. Y fiesta y 'mal rollo' son incompatibles.

No existe pues fiesta nacional, primero porque eso es un concepto caduco y antiguo y segundo, no hay fiesta de los vascos porque los del 'tarro de las esencias' no quieren. Tenemos que pensar en fueros, en Gernika, en cultura y en tradiciones de verdad y con ello hacer una fusión. Si pensamos en particularismos, en términos mitológicos, en ficciones y en primera y segunda división nunca celebraremos nada juntos.

Aberri Eguna va íntimamente ligado a Sabino Arana y a la utilización arcaica de la divinidad para la autoafirmación política. Es forzado, impositivo, restringido y distorsionador de la realidad. Los vascos tendremos algún día nuestro dígito en rojo en el calendario, pero entendido sobre las bases del ciudadano y del acuerdo no sobre las del reducto y la distancia.

Y entre tanto siempre nos quedará Prudencio, Ignacio o Sebastián para olvidar a Sabino.



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