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Domingo, 16 de abril de 2006
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Historia de una escalera
Un portero musulmán abre cada día el Santo Sepulcro con una escalera en un turno en el que se suceden griegos, armenios y franciscanos
Historia de una escalera
SEPULCRO. Monjes franciscanos conversan junto a una escalera de mano, ayer en Jerusalén. / AP
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Los peregrinos que estos días recorren desde la Torre Antonia la Vía Dolorosa en Jerusalén finalizan su Viacrucis en el Santo Sepulcro, que se alza en medio de un barrio abigarrado, de angostas callejuelas. Si se accede por los tejados sobre la capilla de Santa Elena se tiene la oportunidad de conocer las espartanas celdas de los monjes etíopes, que se dedican a la lectura de sus libros de oración a la luz de las velas. Parecen estampas de otro tiempo. Y lo son. Etíopes, sirios, armenios, coptos... Religiosos de distintas confesiones rivalizan en el interior y el exterior de uno de los lugares más santos para los cristianos.

La fachada románica del Santo Sepulcro evoca los tiempos de las Cruzadas, de los soldados que llegaron de la mano de Godofredo de Bouillón. Sobre la puerta, una escalera que alguien colocó un día y que nadie se atreve a tocar en nombre del statu quo. En el recinto todo está regulado por el código otomano que se decretó en 1767, que despojó a los franciscanos de la propiedad de la basílica. Ahora la comparten con otras comunidades: los griegos-ortodoxos y armenios ortodoxos, aunque coptos y sirios también cuentan con lugares de culto. Las autoridades turcas dejaron establecido que nada puede ser cambiado o renovado. Y así sigue desde entonces.

Griegos, armenios y católicos tienen su horario para los rezos y sus altares y capillas para su liturgia. Y duermen en el interior de la basílica en una misión que no admite relajo. Cerca de la capilla católica, otra escalera que cuelga de la pared llama la atención a los peregrinos.

El rígido e incombustible statu quo también tiene que ver con ella. Las llaves de la basílica están bajo la custodia de dos familias musulmanas de Judea y Nuseibeh. Las congregaciones se han puesto de acuerdo para que la apertura y el cierre del recinto sea a la misma hora, aunque algunas disponen de privilegios especiales para días señalados. El turno de apertura corre. Cada día, el monje al que le toca, toma la escalera de mano y, bajo la atenta mirada de los representantes de las otras dos comunidades, se la entrega por un ventanuco al portero árabe. Éste se sube a la escalera, porque una de las dos cerraduras está a media altura, y cierra la puerta principal. Hasta el día siguiente, que vuelve a abrirla desde la misma escalera.



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