El viernes pasado, 14 de abril, se cumplieron 75 años de la proclamación de la II República en Eibar, un hecho histórico que, de por sí, otorga un rasgo distintivo al municipio armero. El paso del tiempo apaga paulatinamente las voces de quienes vivieron aquel acontecimiento y cada vez son menos los testigos de una etapa de cambio, preludio del enfrentamiento civil que, años después, padecieron con crudeza. Algunos de ellos han accedido a desempolvar recuerdos de tiempos convulsos, con expectativas incumplidas y de imposible olvido.
SALVADOR MARZANA AMUATEGI
Ex combatiente republicano, 88 años
«Sólo he conocido persecución»
Aquellos sucesos calaron tan hondo en Salvador Marzana que, a sus 88 años, evoca mil y un experiencias personales con una envidiable capacidad de análisis. Nieto de Aquilino Amuategi, destacado lider socialista que al desatarse la Guerra Civil habría de dar nombre al 'Batallón Amuategi' -capaz de organizarse para defender el territorio local durante siete meses-, terminó formando parte de él. No fue sino una de las múltiples vicisitudes por las que pasó.
«Aquel 14 de abril estábamos en casa, en el Paseo de San Andrés, muy cerca de la Plaza. Serían las 6 de la mañana, cuando se empezó a correr la voz de que se había proclamado la República. El alboroto era general. Con una escalera de bomberos un brigada municipal, un tal Azpiazu, retiró de la fachada de la Casa Consistorial el letrero de Plaza de Alfonso XIII y colocó el de Plaza de la República, entre la aclamación de todos», rememora Salvador, que por entonces tenía 13 años.
«La gente estaba gozando desde la víspera, porque en las elecciones se produjo un triunfo aplastante de la izquierda y el Ayuntamiento pasó a estar conformado por 10 concejales socialistas, 8 republicanos y un nacionalista. Con el paso de las horas hubo confusión y nerviosismo, pues no acababa de llegar la noticia de que se hubiera proclamado la República en el resto de España, hasta que a media tarde llegó la confirmación, primero de Barcelona y luego de Madrid. Aquello fue un jolgorio, una cosa fuera de serie. Yo llevaba ya tres años en la Banda de Música y nos llamaron para que tocáramos algunas piezas, como la 'Internacional', el himno de Riego o pasodobles».
Salvador tiene claro que el protagonismo de Eibar fue «por precipitación», puesto que «los eibarreses teníamos tan metido en la cabeza que se debía producir un cambio de régimen que fuimos los primeros en dar el paso».
Sin embargo, el proceso republicano dejó bastante que desear. «También las pasamos canutas, porque había una euforia a nivel nacional, pero los que iban entrando en los cargos políticos eran más bien de tendencia derechista, como Lerroux, Martínez Barrios y hasta Alcalá Zamora. Se fue cambiando la ideología política y eso dolía en Eibar, que siempre ha sido netamente de izquierdas. Para nosotros fue una desilusión».
En 1934 se produjo la Revolución de Octubre, un movimiento de gran envergadura que surgió en Asturias. «En Eibar se levantaron unos cuantos, pero se apaciguó el mismo día con la llegada de los guardias de asalto y luego las tropas de Vitoria. Hubo varios muertos y muchos detenidos, casi 200», subraya.
Y llegó la Guerra Civil, en la que le tocó padecer «las de Caín», enfatiza. «Cuando estalló yo tenía 18 años y era hijo de viuda, con una hermana de 16 y mi madre embarazada. Tuve que sacar adelante a la familia como pude, trabajando desde los 14 años en Alfa, pero al comenzar la guerra todo se acabó. Me tocó hacer guardias en Maltzaga para controlar que no se produjera ningún alboroto y también fuimos milicianos de Eibar y Mondragón a San Sebastián para apaciguar la sublevación del cuartel de Loiola», evoca.
Integró el Batallón Amuategi, en su banda militar, y luego se enroló en el Ejército del Aire, atravesando Francia para asentarse en Cataluña. «Hicimos un curso intensivo de armeros y nos llevaron a las escuadrillas de aviación. Al terminar la guerra me hicieron prisionero y acabé en el campo de concentración de San Sebastián, en los sótanos del frontón de Gros». De allí fue conducido al Batallón Disciplinario de Trabajadores Número 30, en Sondika, más adelante al Regimiento 88 de Máquinas de Acompañamiento, en Ourense, y de allí a Mahón, «a una compañía de ametralladoras como carne de cañón, esperando en la guarnición de la isla porque se creía que los aliados iban a desembarcar allí, en pleno apogeo de la II Guerra Mundial». «Nuestros oficiales sospechaban» -relata- «que en caso de tener que disparar lo haríamos contra ellos y no contra los aliados. Ese miedo tenían, pero no pasó nada».
«Entre unas cosas y otras»-lamenta-«estuve ocho años sin venir a casa. Cuando regresé ya tenía 26 y en el papel que me entregaron ponía: 'Conducta intachable, pero mírese al dorso'. Y en él se apostillaba: 'Procedente del Batallón de Trabajadores'. Ésa es la 'mancha' que me quedó».
«Viendo cómo fue aquello,» -concluye-«pienso que para que en la situación actual venga la paz habrá que esperar aún mucho tiempo, que nadie se crea que de la noche a la mañana se va a arreglar esto. Ahora se quejarán algunos, pero los socialistas y los de ideas progresistas siempre hemos sido perseguidos. No he conocido nada más que persecución».
JUSTINA OROZKO ARRILLAGA
Eibarresa, 76 años
«Fue distinto de lo que ellos querían»
Justina Orozko, mujer de Salvador, escucha con atención unos relatos que conoce como nadie. «Con la República las cosas tampoco fueron como ellos querían. Sólo me acuerdo del primer bombardeo de Eibar, en la GAC. Estábamos en un sótano y el estruendo era horrible. Para los que nacimos en 1929 no hubo gloria. En la postguerra no había dinero ni para ir a Deba, sólo sabañones y piojos. Pasamos muchas miserias, aquello fue durísimo», apunta.
«Había muchas diferencias entre ricos y pobres. Las señoritas del catecismo solían venir a las casas y una vez mi padre, anticlerical, se cruzó con ellas en la escalera y se enfadó porque las escuchó decir: 'En esta casa con unas patatas van bien'. 'Las damas estropajosas esas', decía él, indignado. Trabajaba en Orbea, éramos cinco hermanos y no llegaba para todo», explica Justina, desde siempre escéptica con la política. «No me convence, aunque con Salvador no hay problemas en ese sentido, y si discrepo en algo lo hablamos y ya está. Y eso que el cura me dijo: 'Menudo marido que vas a coger, tienes que rezar para que vuelva a la iglesia'. Pero él ni quiso oír hablar de ello».
ERNESTO GOROSABEL AMUATEGI
Eibarrés, 78 años
«Aquí se proclamó y aquí se defendió»
«Tenía sólo tres años, pero luego supe que estuve allí, junto a mis hermanos y mis padres», señala Ernesto Gorosabel, primo de Salvador Marzana, cuyos primeros recuerdos son ya del inicio del conflicto bélico. «Estaba veraneando en Elgeta y allí nos cogió el primer bombardeo», comenta.
Tampoco olvida lo que vino después. «Se ha hablado mucho de Gernika, pero no sé si Eibar no quedó como aquello, tras siete meses machacándonos. Había que salvar a los niños y mi familia se trasladó a Las Arenas y luego a Francia, en un barco, el 'Havana', sobrecargado de gente, como en esas películas de éxodos. Cuando regresamos mi padre estaba encarcelado y nos habían requisado la casa, ya no era nuestra».
Ernesto destaca que «la proclamación de la República aquí ha sido un hito y, además, asumido por la mayoría de los eibarreses. Era como algo del pueblo. Era nuestra República». «Como dijo Amos Ruiz, ex jefe de la Policía Municipal, Eibar fue el primer pueblo que la proclamó, pero también el primero que se levantó a defenderla».
JOSÉ SARASUA GORROTXATEGI
Eibarrés, 82 años
«Ahora mi ilusión es que venga la paz»
«Tenía 7 años, vivía a 25 metros del cuartel de la Guardia Civil, en Bidebarrieta, y recuerdo que mi padre, que era grabador, y mi hermano mayor salieron a la calle. Mi madre no nos decía nada, pero salimos detrás de ella a la terraza y vimos gente junto al cuartel y que algo pasaba. Luego también nosotros fuimos a la Plaza del Ayuntamiento». Es el testimonio de José Sarasua, que no olvida el día en que, ya en plena guerra, «atravesé con mi familia el puente del Arenal, en Bilbao, con un colchón sobre la cabeza mientras los disparos desde Artxanda rebotaban en las barandillas».
Con 14 años se empleó junto a familiares y otros paisanos en una fábrica de ametralladoras en Buñol (Valencia). «Cuando acabó la guerra, como buenos eibarreses, limpiamos toda la herramienta de medición y se puso como si fuera una exposición. Llegó un alto militar con su séquito y nos felicitó, porque las máquinas brillaban y aquello parecía una oficina. Otros igual lo hubieran roto, pero nosotros no».
Ahora su ilusión es que «venga por fin la paz y, como ya sucedió entonces, que algún día podamos hablar tranquilamente de lo que fue. Eso sí, llevará su tiempo».