La traición de Judas, revelada durante el último suspiro de la noche del jueves, al final de la cena de Pascua, aún repica en las conciencias de los únicos testigos: los espectadores. El sol cae sin pausa sobre la parroquia de Arkotxa, donde, con media hora de retraso, comienza el Vía Crucis viviente. La tensión crece al redoblar los tambores. Los soldados se abren paso entre la gente y los dos sayones son guiados por Judas hasta Jesús. Con la cabeza gacha y avergonzado, el traidor señala al monte de los Olivos: «allí está». Cristo, ataviado con su túnica blanca, es apresado de inmediato y llevado al templo de Caifás.
Las primeras bofetadas que sobresaltan a los presentes son sólo el preludio del calvario que le espera. Los sayones no tienen piedad, y durante el segundo trayecto que les conduce hasta la casa de Pilato continúan las vejaciones, insultos y golpes a un Cristo humillado y con la mirada vacía. De pronto, Judas interrumpe su marcha y confiesa arrepentido su traición. El corazón da un vuelco a los dos mil espectadores que observan en silencio la escena.
«No me dijisteis que iba a ser condenado a muerte, no quiero tener su muerte pesando sobre mí cada día. Un dolor me quema por cada moneda, ¿tomad!», grita el discípulo mientras tira con rabia el botín y se deshace del velo que le cubre la cabeza.
Entre lágrimas, tambaleante y sin poder acercarse a Jesús, llora. «¿Soy un traidor! ¿Mi carne está llena de gusanos!», vuelve a clamar el actor José Luis Ibarretxe. Los cinco minutos de interpretación se hacen eternos y tristes. Judas busca a su maestro con la mirada, pero los soldados le impiden el paso. «¿Te he vendido! ¿Mi traición es un crimen espantoso! ¿Perdóname, Señor!», suplica antes de desaparecer entre lágrimas. El público no puede evitarlo y estalla en aplausos. Los sayones ignoran la escena y reanudan su camino.