El sol castigaba desde lo más alto cuando Jesús llegó al pie del monte Calvario para afrontar su lenta y agónica muerte. Detrás quedaban tres largas horas de azotes y caídas durante un Vía Crucis que reflejó en heridas su dureza. La sangre manaba del cuerpo de Cristo como síntoma de una cruel paliza inacabada, pues quedaba todavía el arduo ascenso final en busca de la crucifixión.
Los numerosos escalones del improvisado escenario se convirtieron en una losa para Jesús, quien necesitó ayuda para llevar la pesada Cruz hasta lo más alto. «He tenido que parar varias veces, ya que tenía los hombros destrozados», reconoció visiblemente cansado tras su actuación Gaizka Gutiérrez, intérprete de Cristo en la Pasión de Balmaseda. Para él, sin embargo, no fue el final lo más duro. «No he conseguido entrar en calor hasta que he visto a mi madre a la altura de las Clarisas. Ella me ha dado las fuerzas necesarias para llegar a la Cruz», admitió orgulloso el protagonista.
El sufrimiento de la crucifixión, por fortuna, fue más breve que en anteriores ediciones. El desfallecimiento de Dimas, el ladrón bueno, obligó a reducir por una vez los siete diálogos de Cristo a sólo seis. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» fue la última frase que pronunció Gaizka y con ella dio paso a la muerte de Jesús, quien fue descendido del Calvario y conducido en una sábana hasta el sepulcro.
La ansiada actuación, preparada y ensayada con total entrega desde hace casi dos años, había finalizado y el gran protagonista lo reflejó entre lágrimas de alegría. Castigos y vejaciones no pudieron evitar que Gaizka se sintiera «el hombre más feliz del mundo» por un día. «Ha sido precioso. Había muchísimos niños a lo largo de todo el recorrido», señaló eufórico ya en el interior del frontón, donde fue aclamado por familiares, conocidos y políticos como el lehendakari. «Ser Cristo era el sueño de mi vida y he podido cumplirlo», celebró.