El monje Eduardo nació en una gran ciudad. «Madrid es un agobio. Para hacer cincuenta kilómetros tardas dos horas. Y dicen que es duro levantarse a las cuatro de la mañana para cantar 'vigilias'. Lo duro es levantarse todos los días a las seis para meterse en esos atascos», bromea el religioso.
Eduardo llegó hace ocho años al monasterio de Zenarruza, la antigua colegiata erigida en Bolibar (Vizcaya) desde el siglo XII. Él y otros seis monjes compaginan la vida contemplativa con la administración de una hospedería en la que se alojan personas para orar o meditar durante unos pocos días. Son apenas catorce habitaciones, ni una libre por estas fechas, todas dispuestas en auxilio del caminante, como estableció San Benito en el siglo VI.
Quince siglos más tarde, la regla monacal es una alternativa a la Semana Santa estridente y mundana de las ciudades y la costa. Aunque no la única, pues en El Molinar de Carranza, en el otro extremo de Vizcaya, los Padres Palotinos explotan un balneario de ambiente plácido y religioso, pero acogedor para los no creyentes. «Las aguas termales me quitaron un pinzamiento», dice Juana, que bracea en la piscina. «No crea que vine aquí por prescripción médica. No tengo fe en los médicos. En otras cosas sí, pero no en ellos», relata.
El monje Eduardo depura su fe en la quietud de Zenarruza, pero no le hace ascos a una buena conversación. «En Andalucía surgen más vocaciones que en el norte», señala. Luego pasa un rato arrancando las malas hierbas en el claustro. Un huésped lee un libro en el balcón de un edificio que fue adosado a la estructura principal del monasterio. El hombre carraspea al escuchar unas voces cerca; cierra las tapas y conecta el móvil, aunque ha tomado la precaución de poner el silenciador.
«Empezamos a coger reservas para Semana Santa desde enero o febrero», explica Eduardo. A la comunidad le resulta imposible hacer planes con más antelación, aunque hay grupos de jóvenes que acuden en fechas fijas con regularidad. «Es un lugar consagrado a la oración. Vivimos aislados, sin radio ni televisión. Para hacer turismo ya están los caseríos. Pedimos a quien nos visita que mantenga el ambiente de paz y que sea puntual en la comida. Es recomendable acudir a los oficios, pero no obligamos a nadie».
La práctica religiosa
La práctica religiosa tampoco es imperativa en el balneario de El Molinar, un edificio decimonónico de estilo vascofrancés que tiene cien plazas y ofrece baños tradicionales y circuitos de saunas o duchas. «No puedes forzar a nadie a creer», indica el padre Matías, que está empeñado en dar a conocer el establecimiento a todo tipo de clientes.
Ahora acuden a El Molinar personas mayores y matrimonios con niños, normalmente vinculados a las parroquias de su ciudad. Tampoco faltan algunos jóvenes y, últimamente, jubilados del Inserso de fe sencilla o sepultada en el olvido. «Respetamos y nos respetan», resume el religioso palotino (la orden fue fundada por Vicente Pallotti, 1795-1850).
Pero, durante la Semana Santa, el balneario es más riguroso y no admite «a cualquiera», en palabras de Matías, que viste de 'sport' y lleva los hábitos recogidos en el brazo. «Algunas personas han venido aquí durante años para encontrarse en un lugar de fe -prosigue-. Asisten a los oficios y al Vía Crucis. Antes lo celebrábamos en el exterior, pero ahora nos quedamos en la capilla porque fuera está oscuro y algunos fieles tienen una edad avanzada».
El Molinar no es el balneario de Puente Viesgo. La meta de los Padres Palotinos es reunir a los amantes de la tranquilidad y del paisaje virgen de Las Encartaciones con las personas religiosas que necesitan unos días de retiro y oración.
«Los no creyentes y también algunos sacerdotes ignoran el significado de la vida contemplativa», tercia el monje Eduardo, aunque sin perder el buen humor. Concluido el oficio de 'tercia', pasadas las diez de la mañana, se adentra en la tienda de recuerdos de Zenarruza para buscar un librito con la historia del monasterio, donde parece que ya se alzaba una iglesia en el siglo X.
Botellas de licor
En las baldas de la tienda de la antigua colegiata reposan unas botellas de 'Tizona', el licor que destilan los monjes cistercienses y que suele llamar la atención de los jóvenes. «Conocí a un muchacho que pasó unos días en un monasterio sólo para tranquilizar a su madre», relata Eduardo. «Iba con un grupo de San Sebastián, pero no asistía a los oficios; mataba el tiempo leyendo revistas. El ambiente le impresionó. Ese tipo de transformación no se puede entender sin careces de fe o si es superficial. Algunas personas vienen aquí sin creer y encuentran más que los creyentes».
En El Molinar de Carranza, Juana ha encontrado cura para un molesto pinzamiento de espalda, pero no había acudido al balneario con ese propósito. «Mano de santo», bromea sumergida en el agua, que tiene hierro y muchas sales.
Lejos de allí, el monje Eduardo invita a creyentes y no creyentes a familiarizarse con la vida contemplativa. Y reflexiona en alto: «Ahora se valora más lo que haces que lo que eres. De eso ya habló Calderón de la Barca. ¿Qué aplaudes cuando vas al teatro? ¿Los papeles de la obra o lo bien que los representan los actores?».