El Jueves Santo, los últimos metros iban llenos de inmigrantes, los contados bares de pinchos atendían a turistas y la rockería reventó el Kake Antzokia para aceptar el reto del mulato canadiense Danko Jones en un bolo pletórico de testosterona, exhibidor de gónadas (en España se le llama Dan Cojones; lo pillan, ¿verdad) y lúbrico en la lírica pero descreído en el amor, como certificó en el discurso de poso soul en el que se rió en público de las parejas abrazadas y les advirtió que se piensan que el amor es eterno, «pero en un segundo se acaba». Buf, qué fuerte. Y nosotros sin saberlo.
El segundo discurso fue el del bis, donde Míster Cojones (huy, se nos ha escapado, no lo repetiremos) escala una cima y desde arriba mira a los que le han engañado, a los que han contado basura sobre él, y ahí se siente cerca de, entre otros, Jimi Hendrix (aplausos), Joey Ramone (ovación) y Johnny Cash (éxtasis).
Pues eso, que la peña endomingada (vimos entre el gentío camisetas de Kiss, Aterkings, Backyard Babies, Nashville Pussy, Gluecifer, Creeps, Fuzztones, Clash y dos mendas que salían juntos engalanados con sendas prendas de Tokyo Dragons, los segundos teloneros) pagó 23 euros por hora y cuarto con 20 canciones como 20 disparos recibidos a quemarropa del chulito Danko, peligroso cual pirata de Sandokán, quien sacó la larga lengua salaz no sólo para lamer el micrófono, agitó la cabeza hasta remover sus sesos como un boxeador sonado, se lució en el riff (las pocas veces que punteó al borde del tablado, los fans tiraron mil fotos), se aceleró anfetamínico ('Wait A Minute', del tercer CD oficial, asaz mazacote), invocó a AC/DC ('Baby Hates Me', 'First Date', del nuevo, que mola mazo), se puso espectacular en plan Supagroup ('Invisible'), maleó el caramelo melódico de T-Rex ('Dont´Fall In Love') y logró elevar los brazos del respetable con reescrituras de su debú ('Play The Blues').