El Correo Digital
Lunes, 17 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Capirote con gafas
Ante las procesiones uno tiene sentimientos encontrados. Por un lado uno recuerda lo que se divertía a los quince años disfrazado de cofrade y paseando el capuchón los martes de Semana Santa por la bilbaína calle Las Cortes para refrotarle al personal aquel hipocritón 'Perdónales, Señor' que rasgaba un cielo más morado que el Nazareno; y, por otro lado, a uno le joroba ese mismo aspecto farisaico de la ceremonia, que es -ya me hago cargo- el que pone morbo a esa concreta y concurrida procesión. A los quince años a uno le parecía que tenía gracia ese recochineo de que muchos de los encapuchados fueran los más asiduos clientes de dicho barrio el resto del año. Hoy, sin embargo, la hipocresía me ha dejado de hacer gracia aunque sea tan naïf, tan evidente, tan escandalosa, tan histriónica, tan paródica de sí misma como sucede en el caso que comento. No sé por qué será. Quizá porque la sociedad de hoy me parece todavía más hipócrita que la de hace treinta años; porque hay un empacho general de hipocresía y su parodia mezcladas en el cual no se sabe dónde está la crítica y dónde la complicidad.

Si quieres cantarles el 'Perdónales, Señor' a los proxenetas y a sus asalariadas cántaselo a la cara. Si quieres chantajear desenmascárate y muéstrate al chantajeado; mírale a los ojos para que te conozca bien antes de pagar. Hay cosas que no se deben hacer con un capuchón puesto. Y hay cosas que no se deben hacer ni con capuchón ni sin capuchón, pero que si se hacen lo menos que se puede pedir es que se hagan al descubierto. Los verdugos han usado siempre una capucha -un verduguillo- y esa peculiar prenda de vestir delata la ilegitimidad de su acto así como del orden que representan. Si un Estado considera legítima la pena de muerte ¿por qué no muestra las caras de sus verdugos? Algo de infame tendrá ese oficio para que hasta quien lo paga piense que la identidad del oficiante merece la ocultación. Por otra parte, si una sociedad es democrática no debe ocultar el rostro a sus agentes del orden. Un país en el que los policías se tienen que tapar la cara como los delincuentes es un país enfermo, al revés. Su siguiente paso será inevitablemente que los delincuentes ni siquiera necesiten capucha para perseguir a los policías y para extorsionar.

Pero el mejor argumento contra la capucha es su ridiculez en cuanto se la toca. Entonces cae su simulacro de autoridad. Recuerdo de mi época de cofrade cómo un compañero bastante torpe, José Félix, se cayó en un socavón de Las Cortes y lo tuvieron que sacar las prostitutas, con qué cariño le enderezaron el capirote y le ajustaron las gafas. Por cierto, también llevaba gafas bajo la capucha uno de los etarras del comunicado.



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