Frank Schleck cumplió 26 años el sábado. Hasta los 25 era un ciclista al que le costaba ganar. Por una cuestión genética. Su padre fue un gregario. De nombre, Johnny. De profesión, sirviente de Ocaña.
El pequeño Frank creció con los relatos ciclistas de un testigo privilegiado, su padre, que siempre veía la carrera en segundo plano, que recababa los datos que no aparecían en las crónicas deportivas. Johnny estuvo con Ocaña aquel día de 1971 en el col de Mente; allí donde una caída tumbó al conquense y alfrombró otro Tour de Merckx. El padre de Schleck sabía que aquel castellano de sangre al rojo se equivocaba al seguir la rueda del belga. Le rogó que le dejara ir, que había tiempo para cogerle antes del último puerto. En vano. Ocaña no le escuchó. Y gritó luego de dolor en una curva de Mente, bajo la tormenta y en brazos de Johnny.
El viejo Schleck no tenía las piernas de Ocaña. «Mis hijos tienen más talento que yo», dijo en la revista Velo. No quiere que ni Frank ni Andy -el más joven también corre en el CSC- sigan su rueda. Nada de gregarios. De Andy, apenas 21 años, dicen que es el próximo gran escalador. De Frank, repiten que es un talento, pero que nunca gana. Hasta ayer, el día en que abandonó el trabajo de su padre. Dejó de ser gregario.Ya es un ganador.
Apenas hace una semana, Frank Schleck se cayó en la Vuelta al País Vasco. Acabó en un hospital, molido. Días después, estaba ya en la salida de la Clásica de Primavera. Quería competir. Quería ganar. No en Amorebieta, sino en alguna clásica: la de ayer. El Amstel Gold Race comenzó para Schleck, igual que para Boogerd y Bettini, cuando sucumbieron los tres fugados con que cuenta el inventario de estas pruebas: Thijs, Abasini y Schmitz.
El Rabobank dictó el ritmo. Flecha y Erik Dekker ataron la gran clásica de la cerveza. Tenían dos cartas: Boogerd, el especialista en ser segundo en esta carrera, y Freire, capaz de superar los 31 muros del recorrido. Las cotas de Keutenberg y de Cauberg rompieron sus planes. Wessemann fue el primero en partir. Bettini, en un lugar ideal para sus explosiones, se le unió prontó. Boogerd no les dejó cuerda. Pronto les cogió en compañía de Perdiguero, Sinkewitz, Rebellin y Schleck. A unos metros, Samuel, Freire, Etxebarria y Valverde estiraban el cuello para ingresar en ese grupo. No lo lograron.
Y mientras todos esperaban a Bettini, apareció el hijo del gregario, Schleck. A diez kilómetros de la meta, prolongó su alargada estela (1,85 m. y 64 kilos). Mostró el maillot de campeón de Luxemburgo. No le vieron más. Se perdieron en autocontroles. Schleck había tocado la tecla precisa. Hasta el Amstel Gold Race, en su palmarés relucían el segundo puesto en la clásica de Zúrich y el tercero en Lombardía. Ya tiene un gran primero. «Tenía que llegar», dijo ayer Riis, su director, el del CSC, el equipo de la primavera -ganó con Cancellara en Roubaix-, el que ya tiene un nuevo líder: el hijo de Johnny. «¿Si soy un hombre Tour? Bueno, de momento, mi objetivo es estar entre los cinco primeros. Luego, veremos». Así no habla un gregario.