El Correo Digital
Lunes, 17 de abril de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
MUNDO
MUNDO
El almacén olvidado del mundo
La República Democrática de Congo se prepara para sus primeras elecciones libres mientras intenta cicatrizar las heridas de una guerra que costó cuatro millones de muertos
El almacén olvidado del mundo
SITUACIÓN FRÁGIL. Vehículos artillados de los cascos azules de la ONU patrullan en una barriada de Kinshasa. / EL CORREO
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

De noche, desde el aire, Kinshasa, la capital de la República Democrática de Congo, ofrece una imagen muy diferente a cualquiera de las ciudades que acostumbramos a ver a través de la ventanilla de un avión. Es medianoche y sólo se distinguen tres o cuatro calles alumbradas por farolas; las que transita el presidente, Joseph Kabila, según dicen. El resto de la superficie que ocupa la ciudad impresiona casi tanto como contemplar la vía Láctea: un manto de luces, casi superpuestas y parpadeantes, que no son estrellas sino las llamas de los candiles de unos 6 millones de personas que sobreviven a diario en la mayor ciudad de un país de 56 millones de habitantes: el almacén de minerales mayor de África, que ahora se prepara para sus primeras elecciones democráticas previstas para junio.

Todos sugieren que Kabila será el ganador, a pesar de que hasta la fecha se hayan registrado solamente otros nueve candidatos y el país cuente con unos 270 partidos. Cuando accedió a la presidencia tras el asesinato de su padre en circunstancias que aún no se han aclarado, pocos daban dos duros por él. Y después de varios años al frente del país, llama la atención no sólo que sea anglófono en un país francófono, sino que muchos congoleños no sepan con seguridad cuál es su edad, si estudió en el extranjero, como otros dirigentes africanos, o si está casado; algunos dicen que ha contraído matrimonio hace poco, pero aún no ha presentado a su mujer en público.

Pero, a pesar de los misterios que envuelven su pasado y su vida privada, todos coinciden en su espíritu dialogante. Bajo la tutela de EE UU, que se encarga de su seguridad y de la del Gobierno, consiguió formar un Ejecutivo de transición con 33 ministerios, algunos de ellos en manos de líderes de grupos rebeldes que lucharon en la última guerra (1998-2003), en la que murieron cuatro millones de personas.

Laurent Kabila

Tras un paseo por las calles de Kinshasa, uno podría pensar que el presidente es en realidad Kabila padre, ya que su retrato gigantesco en la terminal del aeropuerto es uno de los primeros detalles que uno detecta al desembarcar del avión, pero también en las calles de la capital. Aunque no fue ningún santo, para algunos es un héroe nacional por haber derribado al dictador Mobutu Sese Seko, que dirigió el país durante 32 años.

Llevaba una vida de lujo, mientras la población se moría de hambre. Su riqueza se estimó en 1984 en algo más de 4.000 millones de euros, la mayoría en bancos suizos, una cantidad casi equivalente a la deuda exterior del país en aquel momento. Aprendió del rey Leopoldo II de Bélgica, que a finales del siglo XIX hizo de Congo, con el beneplácito del resto de potencias, su dominio personal. La colonización belga fue la más opresora y paternalista y, a diferencia de la francesa o la británica, apenas permitió a los congoleños que ocupasen puestos en la Administración. Cuando el país se independizó, en 1960, había 10.000 funcionarios belgas en el país. Y, a diferencia de otros países africanos, el Congo pasó de un colonialismo sin compasión a una independencia total, sin transición, sin personal formado para llevar las riendas de un estado creado a la europea.

Durante cinco años, vivió sumido en el caos, en medio del que se asesinó a su primer ministro y padre de la independencia, Patrice Lumumba, por parte de soldados leales a Mobutu, que se hizo con el poder mediante un golpe de Estado en 1965. A pesar de que la corrupción es la palabra que mejor define a su régimen, y para algunos fue un tirano cruel, otros congoleños piensan que durante su 'reinado' consiguió mantener el país relativamente estable y mantuvo el sentido de identidad nacional en un país de más de 200 tribus.

Hace tan solo unos días, la visita del rey Mohamed VI de Marruecos reabrió el debate sobre la repatriación del cadáver de Mobutu, que lleva enterrado en un cementerio de Rabat desde que murió en el exilio en 1997. Pero las cicatrices de aquella época siguen abiertas y llevarlo a Congo, más aún con dinero público, podría resultar muy controvertido.

El país, cuyo tamaño es cinco veces el de España, padece las consecuencias de una guerra de cinco años, considerada la peor desde la Segunda Guerra Mundial. La herencia que el pueblo congoleño carga a sus espaldas se nota también en sus ojos, que derraman una tristeza que no se ve en otros países africanos. El Congo ha sido desangrado y la reconstrucción material y moral puede llevar mucho tiempo. De hecho, a pesar de que la guerra oficialmente haya acabado, el índice de mortalidad sigue siendo altísimo: 1.000 personas al día, según el Internacional Crisis Group.

La falta de infraestructuras -muchos de los caminos son de tierra y en la época de lluvias son intransitables- lleva a que miembros de una misma familia no puedan verse en toda la vida y muchos no lleguen a salir nunca de su pueblo. El país necesita inversión exterior, pero, posiblemente no vaya nadie hasta después de las elecciones. Quienes se aventuran a viajar al país son diplomáticos, algunos empresarios que tantean el terreno y cazadores, que vuelan directamente a las reservas con sus aviones y llegan a pagar diez millones de las antiguas pesetas por matar un elefante.

En este contexto, «es muy difícil tener un proyecto de futuro, la gente sólo piensa en sobrevivir», cuenta Juan, un congoleño que nació en Madrid. A los 17 años, decidió viajar a Congo para ver a su madre, que había regresado y conocer sus raíces. Sólo al llegar supo que ella había muerto. Cuenta que perdió su documentación y que no ha logrado que la Embajada española le conceda un visado para visitar a su familia en Madrid. Se siente estancado en un país al que no se amolda. «Intento mantenerme ocupado para no pensar», comenta. Trabaja en lo que puede; estos días, de intérprete para un grupo de periodistas que han llegado en el vuelo inaugural de Bravo Airlines, que conectará Madrid con Kinshasa. Juan está a los pies del avión con la esperanza de poder subir al vuelo que salga hacia España.



Vocento