Desiertos y con las casas mostrando las tripas. Cada vez más llenos de maleza y más vacíos de vida. Así se ven buena parte de los 2.648 pueblos abandonados que, según ha contabilizado el Instituto Nacional de Estadística (INE) en el nomenclátor oficial anual, hay en España. Entiende como tales los conjuntos de menos de diez edificaciones. Escondidos están muchos de estos núcleos en los montes, tumbados frente al mar, inmersos en parajes de espectacular belleza, en soleadas llanuras, sierras de vértigo y escarpados acantilados... Pero a estos mundos perdidos en el tiempo y el espacio, donde el griterío de los niños jugando en la calle ha sido sustituido por el silbido del viento que golpea el postigo de las puertas, les ha faltado lo básico para pervivir: paisanos.
Superada está la cifra mágica de los 44 millones de habitantes en España. Pero en el rincón de los 'inútiles' han quedado, entre otros, nombres tan evocadores como Tesoro y Rincón del Marqués, en Almería; Susín y Escartín, en Huesca; Veigalapiedra, Quinta del Misterio y Las Abejas, en Asturias; Sorda, en Mallorca; Pedro Barba, en Lanzarote; Martizana y Estación, en la provincia de Burgos; Picazo, en la de Guadalajara; Las Cabrunas, en tierras catalanas; y Chan, Tatos y Hermida sobre suelo gallego; Cancho Gordo, en Badajoz... están apeados de la historia. Espinillos y Hoyuelo, en la comunidad de Madrid; Término de Arriba, en Murcia; Gurpegui, como el futbolista, en Navarra; Villamardones, Santa Luzi y Cerca de Villaño, en el País Vasco; Turruncún, en La Rioja; Fuente de la Salud, en Castellón, allí también han decretado el estado de olvido.
La provincia de Soria, por ejemplo. Está rodeada de zonas desarrolladas como Madrid, Zaragoza, Burgos, Navarra, pero sus 8,8 habitantes por kilómetro cuadrado, una densidad equiparable a la que hay en zonas árticas de Suecia y Finlandia, la convierten en el territorio más despoblado de la Unión Europea. «Toda Soria cabe en el estadio Bernabéu», dijo el escritor Julio Llamazares al abordar el tema de la despoblación en el entorno rural en la novela 'La lluvia amarilla'. La UE la considera 'zona desértica' (la media española se sitúa en 82,7 y la europea, en 116). En el último medio siglo, Soria ha perdido el 42% de la población. 129 de sus 183 municipios tienen menos de doscientos habitantes -el año pasado perdió 533-. Sólo once localidades tienen acceso a la línea ADSL. 218 no disponen de conexión a Internet.
«Claro que hay aspectos positivos», ironiza Miguel Ángel González, miembro de la plataforma ciudadana 'Soria ya'. «Aquí toca a 2.160 árboles por habitante, cuando la media nacional está en 150. Los bosques sorianos producen suficiente oxígeno al año como para que respire todo el país», apunta. Es la provincia castellana mayor productora de energía eólica... «La pena es que los telediarios se acuerden de ella sólo para hablar del frío que pela durante el invierno».
«Nació un niño»
¿Recuerdan la expresión popular 'En Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor', que suele aplicarse a las vanas ilusiones que se forjan al comenzar una tarea? El dicho alude a la batalla que, según cuenta la leyenda, tuvo lugar en el pueblo de Calatañazor, en la que los cristianos derrotaron al caudillo árabe Abuamir Mohamed, más conocido como Almanzor. Un lugareño ha respondido a la llamada telefónica y narra una hazaña: que en este monumento medieval de la provincia nació un niño «hace cuatro años, cuando vino gente de fuera». En los últimos tiempos, la villa ha iniciado un proceso de reconstrucción con total fidelidad a su pasado arquitectónico.
Hay una cantina que funciona. También una casa rural. Como en otros lugares, organizan paseos a pie y a caballo por el entorno. Orson Welles rodó en sus callejones, entre las piedras de su castillo y alrededor de su hermosa iglesia románica parte de su película 'Campanadas a medianoche', en 1965. Hoy, en cambio, en Calatañazor, el papel más importante está reservado al ostracismo. Los negocios que hay son testimoniales. Empresas de fin de semana para gentes de ciudad que, de tanto en cuanto, se dejan caer por allí.
Valentín Cabrero, catedrático de Geografía de la Universidad de Salamanca y autor de un amplio estudio sobre la despoblación, se sabe pesimista cuando asegura que «la situación en algunas aldeas es tan grave que, aunque ahora se tomaran medidas urgentes, no se empezaría a remontar un poco hasta 2015». Culpa a la falta de inversiones en las zonas rurales y también a la «ausencia de credibilidad». «Muchos dejaron de creer que sus comarcas tenían futuro y acabaron por abandonarlas a su suerte». De modo que hoy, en estos pueblos yermos, no hay en qué invertir ni cómo ganarse la vida. En la mayoría, pensiones y prejubilaciones son la principal fuente de ingresos.
«Reducidos a pedanías que, por lo general, dependen de otra institución local», describe Ricardo Villarino, responsable de la Comisión de Desarrollo Rural de la Federación Española de Municipios y Provincias. El propio Ministerio de Agricultura reconoce la despoblación como un «mal del medio rural» y apunta, a través del 'Libro Blanco', que hasta 2009 desaparecerán 500.000 explotaciones agrarias. Luis Bricio, presidente de la Asociación Española de Municipios contra la Despoblación, ofrece las claves del principio del fin: «Disminuye el número de habitantes y se pierden los servicios mínimos y, con ellos, las posibilidades de desarrollo. Luego, la escuela deja de tener niños. Entonces, la caída es imparable».