Si la Estrella sigue brillando es por los dos ermitaños que moran en ella. Sinforosa Sánchez y Juan Colomel son los dos únicos habitantes. Se encargan de abrir la ermita de la Virgen de la Estrella a los turistas que, desde Teruel, o desde más allá, vienen a ver la imagen. Tienen como únicos vecinos a las ovejas y las cabras que cuidan. Plantan lechugas, zanahorias, patatas... Su hijo les convenció de que tuvieran teléfono móvil. Hay cobertura... a dos kilómetros. No quieren fotos. El mes que viene será movido: la última semana, una romería sale en procesión desde Mosqueruela, a 25 kilómetros, hasta Estrella.
«Mi madre se casó hace más de 80 años en el pueblo y tuvo problemas para encontrar casa», cuenta la mujer. Lamberto Vicente, antiguo habitante del lugar, cuenta que Estrella, «en sus buenos tiempos, era un vergel. Eran famosas sus cerezas, uvas y melocotones. Éramos 40 familias, 140 vecinos, había dos tiendas de comestibles, dos de ropa, maestro y maestra, cura, practicante y barbero».
Pese a lo evocador de su nombre, la aldea está hoy 'estrellada' en un terreno de rocas donde antaño los paisanos sembraban tabaco «bien escondido, para que no lo viesen los carabineros». Juan cree que abandonarán este escenario «si la salud falla». Sinforosa dice que quiere morir donde nació.