Uno no sabe muy bien por qué, pero es evidente la propensión general a hablar de lo peor, algo que tiene en sí un dudoso valor. Se habla incesantemente, por ejemplo, de fracaso escolar y de malos tratos, pero parece probable que las cosas podrían ir mejor si atendiéramos más al éxito escolar y a los buenos tratos. Esto es, si los pudiéramos desear por sí mismos, si nos interesara potenciar una realidad positiva. En tal caso, nos convendría dar paso libre al pensar y actuar con inteligencia, prevenir sin prisa y prever con imaginación. A veces, sin embargo, se hace inevitable hablar de malos tratos pero sabiendo que la mejor manera de protegerse es comprender a los perturbados.
Hablemos del reciente libro 'Mujeres maltratadas', de la psiquiatra Marie-France Hirigoyen, donde se rechaza dividir el mundo en buenos y malos, y se dice que hay hombres que «se avergüenzan de ser víctimas de una mujer y prefieren callarse, y cuando se atreven a hablar, por lo general no les creen». Pero las víctimas en su mayoría son mujeres. Hirigoyen afirma que nos da miedo la violencia que dormita en nuestro interior y que lo más útil es «luchar contra las mentalidades sexistas de los hombres y las mujeres, y enseñar a estas últimas a detectar los primeros signos de violencia y denunciarlos». Ella habla de la violencia perversa, donde las agresiones no llegan de repente, 'como un trueno en un cielo sereno', sino que son introducidas por micro-violencias, una serie de palabras de descalificación, ataques verbales o no verbales que se transforman en acoso moral, y merman la capacidad de reaccionar. Por otro lado, no hay un factor aislado que baste para explicar por qué un individuo es violento. Pero Hirigoyen acusa al narcisismo patológico -una debilidad- de ser «un gran proveedor de violencia».
Los individuos de esta clase, perversos narcisistas, exhiben intolerancia a toda crítica que perciban, la tergiversan como prueba de la malevolencia ajena y carecen de toda empatía. Marie-France habla de su 'angustia de aniquilamiento', una debilidad muy poderosa, que intentan ahuyentar mediante un ejercicio de fuerza insensible hacia los 'otros', comenzando por los que se tiene más a mano: una relación personal imposible. ¿Observamos nosotros mismos este modo de hacer? ¿Responden también a este cuadro quienes viven de ejercer el terror?
Para nuestra autora hay violencias que no tienen salida, como es el caso de los paranoicos (gente que jamás reconoce una equivocación o un error; y que atribuye a los demás los defectos que se niegan a ver en ellos mismos). Sin duda, lo preferible es evitarlos. Una cosa es negociar con ellos lo que convenga, y otra -a qué engañarse- pretender dialogar con ellos como si fueran personas normales.