En el frío invierno de Béjar, termómetros bajo cero, heladas a manta, se ha visto más veces a Roberto Heras camino de la cumbre de La Covatilla provisto de sus esquíes que montado en su bici dándole a los pedales en las duras cuestas que obligan a salir de su pueblo. Allí donde había un estajanovista del entrenamiento, con lluvia, nieve, suave brisa o cuarenta grados, ha nacido ahora un aficionado a la cuña y el esquí.
Roberto Heras no es muy expresivo, apenas deja traducir sus emociones por gestos o palabras. Y así ha permanecido durante los últimos meses en su vía crucis del dopaje. Aguantó estoico los golpes, la comunicación del positivo por EPO en la penúltima etapa de la Vuelta, el contraanálisis, la sanción de dos años, la desposesión de su título a manos de Menchov y, por último, el recurso al Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León.
Esperaba el castellano una noticia favorable de parte del juez. Había programado entrevistas, un regreso al ruedo público, la reactivación de su caso en la hipótesis de que el tribunal le concediese la suspensión cautelar de su sanción. El pasado 30 de marzo recibió el penúltimo cardenal en la frente: su petición fue rechazada. Finalmente ha dimitido. A sus 32 años, ya hace vida de ex ciclista.
Mientras su abogado, José María Buxeda, exprime las últimas gotas de una ilusión que se evapora por la realidad de un positivo por EPO, Heras ha emprendido el camino de salida. Hace un par de meses rescindió su contrato con el Liberty Seguros, al que estaba ligado hasta diciembre. En la mesa de negociación quedaron los secretos, silencios, salarios y compensaciones que nadie desvelará. El ciclista solicitó una carta de compromiso de readmisión si los tribunales paralizaban su sanción. Otra petición denegada a cambio de lo que fuese. Las rúbricas cerraron una relación entre Manolo Saiz y Roberto Heras que ha acabado como nunca imaginaron.
Entretanto, el corredor reparte su tiempo entre su hija, su mujer, su familia en Béjar, la interminable rueda de contactos para salir del atolladero (llegó a tantear al abogado Alberto Palomar) y una escasa vida social. De vez en cuando come en el hotel de Cubino, toma café en algún bar y poco más. Eso sí, al decir de sus paisanos cada día son menos frecuentes sus apariciones en la carretera. Ya no pedalea, claro, con el maillot del Liberty, sino con ropa neutra. Es un hábito de ex ciclista, una pauta física. No se puede dejar la bici de golpe cuando se ha vivido encima de ella.
Recurso judicial
Heras ha empezado a darle vueltas a una idea. Romper con la rutina, cambiar de nuevo, como cuando trasladó su hogar de Girona a Candelario, el hermoso pueblo que se alza sobre Béjar. Regresar a Barcelona, donde se crió su mujer (Ana), y alistarse en el curso nacional de directores de ciclismo. Sólo por ventilar su vida, por variar el aire que respira. Y eso a pesar de que nunca ha querido convertirse en director deportivo. «No me veo al volante», ha confesado.
A la espera de que el Comité Español de Disciplina Deportiva decida un milagro en su favor, Heras es ya un ciudadano y un ex ciclista. Fue sancionado por dos años el 8 de febrero por la Federación Española. Recurrió el castigo ante el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León y pidió su suspensión cautelar. El juez no la concedió y su abogado recurrió de nuevo.