En la investigación desarrollada en la ermita de Santa Lucía desde diciembre de 2005 hasta enero de este año han trabajado diferentes equipos de la Diputación: el de Arqueología y Etnografía, el del área de Inmueble y el taller de Restauración. Uno de ellos fue el que descubrió otro de los hallazgos más destacados que ofrece ahora este templo. Tras efectuar diferentes catas en los muros de la ermita se detectaron pinturas figuradas del siglo XVI, que, al parecer, se extienden a lo largo de toda la pared del altar. «Aunque todavía no se ha trabajado a fondo en este aspecto ha aparecido la imagen de un santo junto a una de las ventanas», señalaron desde el Departamento de Cultura.
Al conocer la magnitud de lo que puede ofrecer esta ermita, la Administración foral se plantea ahora la restauración de estas pinturas como parte de un proyecto más completo que incluirá la recuperación de los suelos para ofrecer un acabado adecuado al templo. Entre las propuestas que se barajan están las de mantener el silo cubierto con una tapa de madera, «como debió estar durante el período que estuvo funcionando», dibujar en la superficie actual el trazado de la vieja iglesia y cubrir el horno de fundir campanas con una estructura de metacrilato que permita su visión. «Una vez que contemos con un anteproyecto será necesario llegar a un acuerdo con el Obispado para concretar diferentes aspectos», apuntaron.
El águila y la calavera
El templo conserva además una curiosa leyenda. Según narra la tradición oral, «el día de la Asunción del año 968, hallándose los fieles del lugar oyendo la Santa Misa en la iglesia de Santa Lucía, término de Gerrikaitz, un águila tomó de uno de los enterramientos una calavera. Ante el asombro de los presentes, la llevó entre sus garras para depositarla en un matorral y señalar el emplazamiento» sobre el que después se levantaría el complejo religioso de Zenarruza. Desde entonces, dentro del escudo de la colegiata quedaron como emblemas el ave rapaz y la tétrica calavera que portó.