No han sido escasos los tratados, los trabajos críticos y los estudios consagrados a la obra y la vida de Antonio Machado, uno de los poetas más relevantes en la historia de la literatura española. De hecho, las distintas efemérides machadianas han dado lugar en las últimas décadas a nuevas perspectivas o a renovadoras visiones que han incrementado la ya de por sí extensa bibliografía relacionada con el poeta. Incluso, el congreso conmemorativo del cincuentenario de su muerte también aportó valiosas novedades sobre su personalidad y sus antecedentes familiares, sobre la temática machadiana y hasta sobre sus relaciones personales.
Más allá de esto, tal vez lo mejor de la última obra consagrada al inmortal poeta andaluz sea la especial insistencia en resaltar sus valores éticos, es decir, su coherencia filosófica y su civilidad en tiempos de escasa integridad moral. Algo que ahora quiere volver a resaltar el hispanista Ian Gibson, a través de una biografía desarrollada con su habitual insistencia detectivesca. En ella, lo mismo que en sus biografías de Lorca o Dalí, Gibson también resalta con su permanente subjetividad parcial esa sublime contraposición entre el pesar casticista de un hijo del 98, y la modernidad de un poeta tan abierto a las corrientes ultrapirenaicas, como influido por el impulso simbolista. Toda una metáfora de una España convulsa, donde se fundió una actitud que buscaba la belleza estética con otra que planteaba un examen de conciencia en busca de la verdad.