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Domingo, 23 de abril de 2006
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OPINIÓN/Un cafre
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Ya decía Séneca que el poder excesivo dura poco. Este personaje nepalí de 'El rey y yo', sin la sofisticación de Yul Brynner y con pañuelo de baturro aragonés es un bestia. Prometió 'devolver' al pueblo la democracia y ha cumplido con creces su compromiso con un gran vómito que, un día más, anegó de sangre las míseras calles de Katmandú. Implicado en un complot para deshacerse de su antecesor y tío carnal, recurrió a la escuela de Calígula matando a padre, madre e hijos, para que no hubiese dudas ni futuro. Ahora este animal de bellota remata en tablas la faena masacrando a su pueblo que pide democracia. Digamos que éste es el aspecto que menos me convence de la revuelta. Creí que en ese país paupérrimo, con una renta 'per capita' que apenas alcanza a los 200 euros al año, sólo entienden de hambruna. Pero no es así. Seguramente desde que Bush prometió llevar la democracia a todo el mundo y debido sin duda a sus efectos afrodisíacos en Irak o Afganistán, Extremo Oriente la reclama. Hasta en Katmandú, donde hasta ahora solamente se reivindicaba la esclavitud como fórmula para sacar alguna utilidad del pupulacho, de por sí analfabeto y amigo de participar como comparsa en los grandes fastos. Digo hasta ahora, porque este cafre ha reprimido a sangre y fuego el cabreo de su gente haciendo bueno el viejo aforismo de que el mundo se halla desgraciadamente en manos de los necios. No le ha importado al déspota el aviso de Estados Unidos o de la ONU y ayer, en una jornada más de protesta, volvían a yacer en las calles cuerpos sin vida de jóvenes mortalmente heridos por las balas de su policía medieval y justiciera.

Se hace difícil comprender la reacción brutal del tirano en un contexto en el que los ciudadanos están acostumbrados a tan poco. Al final, en lo simple se esconde la grandeza y la democracia ensimismada en su lucha por la supervivencia acaba por confundirse con el ansia de libertad. Este animal de bellota hace bueno el principio que predicaba Saavedra de que los príncipes nacieron poderosos, pero no enseñados. El exotismo de países de las mil y una noches engendra, junto a su idolatría fascinante, un nuevo déspota demente y comeniños que practica el canibalismo con su gente, pero cuya falta de estilo empuja a la revolución de sus súbditos. Estos personajes que antes solían tener finales solemnes y eran incinerados en piras funerarias que perpetuaban en el poder a sus descendencia a la sombra de su boato inalcanzable han perdido los modales. Por suerte para ellos, los súbditos nepalíes han despertado de su sueño milenario y reconocido detrás de su dios a un gobernante despiadado. Desaparecido el embrujo sólo queda aquella bella imagen en la que «un trono vacilante es hielo sobre mar de verano».



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