«No podemos ser ajenos a que se haga lo que se haga ahí (en la 'zona cero') será un objetivo propicio para otro atentado terrorista», advierte con serenidad Monica Iken, viuda del 11-S y fundadora de la 'Fundación Misión de Septiembre', que desde que perdió a su marido en los atentados se dedica a apoyar la construcción de un monumento conmemorativo a las víctimas.
Los planes han sido hechos y deshechos en varias ocasiones, y a estas alturas parece imposible que cuando se cumpla el quinto aniversario de la tragedia este 11 de septiembre exista ya un mausoleo para albergar los más de 9.000 restos humanos que ni el ADN ha podido identificar.
Iken no tiene prisa. Su obsesión, como la de muchas familias, es que cuando al fin puedan sentarse a meditar con sus seres queridos en el prometido mausoleo se sientan seguros. A nadie le gusta la idea de construir esa sala de contemplación en el fondo del socavón, a siete pisos por debajo de la superficie, flanqueado por un muro de 21 metros que contiene las aguas del río Hudson. En caso de que se repita un atentado o cualquier otro tipo de tragedia, este camposanto puede convertirse en una auténtica pesadilla.
Para evitar la idea de una trampa mortal y calmar la claustrofobia que despierta en familiares y supervivientes, su organización trabaja con otra formada para aplicar las lecciones de las Torres Gemelas, 'Seguridad de Rascacielos'. Con su asesoramiento y presión esperan que las autoridades provean a la nueva Torre de la Libertad, el museo para las víctimas y todo lo que nazca en la 'zona cero' de salidas de emergencia y un plan adecuado de desalojo que les permita descansar en paz. «No me importa cuánto tarde, como si tiene que estar así 20 años más, pero quiero que sea lo que tiene que ser», se compromete Iken.