Uno no sabe bien si por la levedad con que a veces se presenta la propia realidad o, lo que es más probable, por la pereza que cualquiera tendría derecho a sentir en ocasiones ante la obligación de analizarla semana tras semana en un artículo periodístico, el caso es que al analista le faltan algunos días las fuerzas necesarias para completar las cincuenta líneas comprometidas dándole vueltas a un único asunto. O bien éste no da de sí sin hincharlo en demasía y de manera artificial, o bien el embotamiento mental que toda rutina produce no permite exprimirle todo el jugo que en principio podría contener en sus entrañas.
Pues bien, hoy es precisamente uno de esos días en los que, sea por la citada levedad de la cosa misma, sea por la torpeza intelectual de quien ha de analizarla, un solo asunto se le ofrece a quien escribe en exceso escaso para llenar con él todo un artículo y tres parecen brindar, en cambio, la medida adecuada para llevar a buen término el propósito de completarlo.
1.- El cura redentorista irlandés que recorre, de un tiempo a esta parte, nuestro pequeño territorio, disparando declaraciones y entrevistas contra cuantos medios de comunicación se le ponen a tiro, puede estar animado por el más noble de los espíritus, pero no reúne en absoluto las dos cualidades básicas que caracterizan la figura que con tanto ahínco él mismo se esfuerza por encarnar: la del mediador. No es, en efecto, ni discreto ni neutral. Desparrama, por el contrario, indiscriminadamente sus confidencias entre quienes sienten curiosidad por escucharlas y rezuma parcialidad por todos y cada uno de los poros de su venerable piel.
Podrá, quizá, el citado padre Alec Reid aspirar, si lo desea, al próximo Nobel de la Paz, pero no conseguirá en beneficio de esta comunidad nuestra ni una pizca más de lo que, al parecer, logró en la suya de Irlanda del Norte: poner de acuerdo a los que ya compartían las mismas ideas, es decir, a los nacionalistas católicos de inspiración republicana. Para esta tarea no necesitamos mediadores venidos de fuera. Nos sobran los de casa.
2.- El lehendakari Ibarretxe continúa con su empeño de hacer política ficción. A él nunca le han gustado ni la Ley de Partidos ni la ilegalización de Batasuna. Actúa, en consecuencia, como si tales hechos no se hubieran producido, aunque tal manera de proceder le ofrezca en bandeja al Partido Popular una razón añadida para excluirse del diálogo.
Con el fin de justificarse, ha elaborado una sorprendente distinción. Zapatero estaría llevando a cabo una «verificación ética» de la autenticidad del alto el fuego. Él, por su parte, se dedicaría a la «verificación democrática» de si las instituciones del Estado estarían o no dispuestas a reconocer el derecho de los vascos a decidir su propio futuro.
El Partido Socialista se muestra, de momento, comprensivo. Para José Blanco, el lehendakari no habría recibido a Batasuna, sino sólo al ciudadano Otegi. Es otro modo de seguirle el juego de la política ficción. Los socialistas se toman así a beneficio de inventario las iniciativas de Ajuria-Enea, confiados, quizá, en que sea el paso del tiempo el que vaya poniendo orden en la escena.
Cada vez va haciéndose, sin embargo, más evidente que, pese a las declaraciones de acuerdo tras cada entrevista entre Ajuria-Enea y La Moncloa, aquí se enfrentan dos maneras diferentes o, quizá, incluso incompatibles de entender este proceso. Una la representa el presidente Zapatero; otra, el lehen- dakari Ibarretxe. No está claro que el mero transcurso del tiempo sea capaz de arreglar las cosas. El tiempo, a veces, sólo consigue enredarlas. Porque así de caprichoso es ese viejo Cronos cuando se le da cuerda para que obre a su antojo.
3.- El Estatut de Cataluña ha comenzado a dejar sentir sus efectos incluso donde menos se esperaba. Lo del «carácter nacional» de los pueblos de España se ha colado también en el debate estatutario andaluz, dando, de momento, al traste con cualquier posibilidad de acuerdo entre socialistas y populares. Uno había llegado a creer que la retranca histórica preservaría de semejantes disquisiciones a los habitantes de ese particular trozo de la península. Pero era un error. Ahí están los políticos para esforzarse en responder a preguntas que el pueblo no les ha formulado.
No seré yo quien se escandalice o proteste porque los andaluces decidan llamarse nación o realidad nacional. Allá ellos con sus preferencias identitarias. Sólo les digo que el debate nacionalista, allí donde no existe, es mejor no crearlo. Donde ya existe, por el contrario, tenemos que administrarlo, mal que bien, cual albaceas involuntarios de una herencia inevitable del pasado. Pero tengan los andaluces por seguro que tal debate, lejos de representar un valor añadido, crea, por lo menos, tantos problemas como soluciones aporta. Expertus dico.