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Domingo, 23 de abril de 2006
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Las cenizas de Chernóbil
El 26 de abril de 1986 tuvo lugar en Ucrania el más grave accidente nuclear de la historia. Veinte años después, aquella tierra y sus habitantes son sólo fantasmas
Las cenizas de Chernóbil
SARCÓFAGO de hormigón sobre el reactor número 4. El origen de la catástrofe. / EFE
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Supuse que algo anormal había pasado por que me despertaron las sirenas de los coches de bomberos», relata Oleg Zuikov, que tenía 15 años cuando saltó por los aires el reactor número 4 de la planta atómica de Chernóbil, en la entonces soviética Ucrania. Él, sus padres, Vladímir y Ludmila, trabajadores de la central, y su hermana Svetlana, vivían entonces en la población de Prípiat, situada a tan sólo dos kilómetros del lugar del accidente. Prípiat, que lleva el nombre del río que atraviesa la provincia y cuyas aguas sirvieron para refrigerar los reactores, fue terminada de construir en 1977 para dar acogida a los empleados del complejo nuclear. Ahora es una ciudad fantasma en donde el tiempo se detuvo bruscamente aquel funesto 26 de abril de 1986.

«Mucha gente dijo haber oído la explosión, pero nosotros no la sentimos, se ve que dormíamos profundamente», recuerda Zuikov, actual director de marketing de la financiera ucraniana AMP. Es la segunda vez -la primera fue en 1996- que el joven ejecutivo tiene la oportunidad de visitar la localidad en donde nació y pasó su infancia. Zuikov muestra a este corresponsal el piso que habitó, amueblado todavía, y el aula en la que asistió a su última clase, el día 25 de abril de 2006, antes de abandonar para siempre Prípiat. «Dejamos la ciudad en nuestro propio coche, prácticamente con lo puesto, el día 27 por tarde». Junto al portal de lo que fue su casa, pueden verse todavía los restos oxidados de la cocina eléctrica que no pudieron llevarse por las prisas.

Las dos explosiones que destruyeron el bloque 4 de la central de Chernóbil, se sucedieron con un intervalo de escasos segundos, poco antes de la una y media de la madrugada. Lo sucedido fue consecuencia de un experimento mal planificado y de una sucesión de fallos y errores fatales que hicieron perder a los ingenieros el control de la reacción en cadena. El derrumbamiento del techo y la pared este de la sala del reactor posibilitaron un escape radiactivo sin precedentes.

Prípiat fue la primera población en recibir el embate de la nube radiactiva. Los responsables de la central nuclear solicitaron, ya en la madrugada del día 26, el desalojo inmediato de la ciudad y los pueblos de la zona, pero la dirección comunista se lo pensó. La orden de evacuación no llegó hasta el mediodía del día 27, cuando lo pobladores de Prípiat llevaban casi 36 horas expuestos a una radiación cuarenta veces superior a lo que el cuerpo humano puede soportar. La cúpula soviética intentó ocultar al mundo la tragedia, pero el día 28 era ya la noticia que abría los diarios de todo el planeta. Para que no cundiera el pánico, el desfile conmemorativo del 1 de mayo en Kíev, la capital ucraniana, no se suspendió, pese a los altos índices de radiación que se registraban. Eso sí, los jerifaltes comunistas se preocuparon de enviar a sus hijos a lugares seguros, lejos de la capital y de las regiones afectadas.

Zona de exclusión

«El desalojo comenzó a primeras horas de la tarde del día siguiente a la explosión», comenta Zuikov. A la ciudad llegaron varios trenes de pasajeros y más de un millar de autobuses. En poco más de tres horas, los 50.000 habitantes de Prípiat habían sido evacuados. Algunos, como fue el caso de la familia Zuikov, utilizando coches particulares. En la semana siguiente se completó la evacuación de todo el territorio circundante a la central nuclear en un radio de 30 kilómetros, la llamada 'zona de exclusión', cerrada todavía hoy día a cal y canto. En total, fueron desplazadas 116.000 personas, a las que años más tarde se unieron otras 230.000.

Fiódor Muzichenko tenía 54 años cuando fue obligado a subir a un autocar, en compañía de María, su esposa, y su hijo, Vladímir, y dejar su casa en el poblado de Ilintsí, situado a 18 kilómetros de la planta atómica. La familia tuvo que abandonar todos los animales que tenía, una vaca, 26 gallinas, dos perros y varios gatos. En Ilintsí, una de las pocas poblaciones habitadas actualmente en la zona de exclusión, residían entonces unas 600 personas. Ahora quedan 38. Casi todos vivían de sus huertos, de sus animales domésticos y de una mísera subvención del Gobierno. Fiódor trabajó una época acarreando bultos en la central nuclear y Vladímir, que entonces tenía 35 años, talando árboles en un bosque vecino.

Los 'liquidadores'

A partir del 3 de mayo de 1986, en el área de Chernóbil, pueblito que da nombre a la central y que está situado a 16 kilómetros de ella, sólo podían entrar los empleados del complejo y los 'liquidadores', heroicos bomberos, soldados y voluntarios que participaron en las labores de extinción del incendio y sellado del reactor accidentado. «La mayoría no sabíamos que estábamos sacrificando nuestras vidas y nuestra salud», se lamenta Pável Lukashov, unos de los 650.000 'liquidadores' movilizados.

En un titánico esfuerzo que costó la vida a 31 de estos trabajadores -los primeros muertos de una catástrofe que ha causado ya varios miles de muertes- las emisiones radiactivas a la atmósfera pudieron ser detenidas diez días después de la explosión. Hasta ese momento, el reactor tuvo tiempo de escupir más de 50 toneladas de isótopos de uranio, plutonio (con una vida media de 24.000 años), cesio-137 (30 años), estroncio-90 (28 años), yodo-131 (8 días) y americio (decenas de miles de años) que contaminaron una superficie de más de 200.000 kilómetros cuadrados en Ucrania, Rusia y, sobre todo, la vecina Bielorrusia. Se calcula que la radiactividad liberada equivalió a 500 bombas atómicas como la de Hiroshima.

Lukashov es unos de los 35.000 'liquidadores' considerados oficialmente discapacitados aunque el número real, según Viacheslav Grishin, presidente de la Unión Chernóbil, sobrepasa los 100.000. Lukashov asegura padecer alteraciones metabólicas y su sistema inmunológico «apenas resiste un simple resfriado». Su hija Ania, de 17 años, nació con una mano deformada y tres riñones, dos en el lado izquierdo y uno atrofiado en el lado derecho. Su otro hijo, Maxim, de 8 años, también sufre problemas inmunológicos congénitos. El antiguo 'liquidador' vive en la ciudad bielorrusa de Gomel, donde es el vicepresidente de una asociación de inválidos de Chernóbil. Estaba haciendo la mili cuando fue destinado cuatro meses a Chernóbil, para ayudar en los trabajos de descontaminación de la zona. «Con frecuencia, me enviaban al reactor dañado sin ropa especial», recuerda Pável.

La Unión Chernóbil es una organización rusa creada para la defensa de los 'liquidadores', pero las asignaciones a quienes perdieron sus capacidades funcionales para desempeñar un trabajo por culpa de la radiación no suben de los 150 euros al mes, cantidad que apenas permite subsistir y menos aún costearse un tratamiento médico.

El padre de Zuikov se jubiló en 1988. Su madre, trabajó ocho años más en Chernóbil y fue finalmente reconocida 'discapacitada' por las altas dosis de radiación recibidas, obteniendo así la consiguiente pensión. Pero el matrimonio sobrevive gracias a Oleg. «Tras abandonar Prípiat, nos alojaron en barracas fuera de la zona de exclusión, pero cerca de Chernóbil porque los operarios de la central tenían que seguir acudiendo al trabajo en turnos de quince días», cuenta Zuikov. Una vez construida la villa de Slavútich, en sustitución de Prípiat, toda la familia se trasladó a un nuevo piso y, cuando Ludmila dejó Chernóbil, alquilaron un apartamento en Kíev, en donde viven ahora. Oleg dice tener buena salud aunque es consciente de que existe una alta probabilidad de que sufra cáncer de tiroides en los próximos años.

Valeri Tereshenko, del Instituto de Endocrinología y Metabolismo de Kíev, afirma que «todos los niños y adolescentes que vivían en el entorno de Chernóbil cuando el accidente, es decir que recibieron dosis de yodo radiactivo, han desarrollado ya un cáncer de tiroides o puede que les surja en los próximos diez años».

«De algo hay que morir»

Quien tampoco parece tener problemas de salud, descontando los normales achaques de la edad y las dolencias asociadas al consumo habitual de alcohol y de tabaco, es Fiódor Muzichenko. Su mujer, María, falleció hace dos veranos, cuando tenía 68 años, pero él no quiere decir de qué. Después de recibir el correspondiente permiso, la pareja regresó a Ilintsí ya en el invierno de 1986. «No encontré trabajo ni lugar donde vivir», señala Fiódor apretando los dientes mientras lía un cigarrillo y lanza una mirada de rencor hacia el horizonte. Tampoco tuvo mucha suerte Vladímir, quien ya había contraído matrimonio con Zoya. Ambos, que dicen tener a sus hijos en un internado en Kíev, volvieron a Ilintsí hace quince años. «Viene mucha gente por aquí para medir la radiactividad y dicen que el nivel es soportable. No sé, de algo hay que morirse», dice Vladímir resignado.



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