Urtza Sarrionandia sabía desde niña que las manzanas no vienen del supermercado, sino de los árboles. Los mismos que cuidan las manos incansables de su abuela, Begoña Urkiri, que a sus 74 años sigue trabajando en el campo. «Si no, ¿qué voy a hacer?», se pregunta la mujer.
Su nieta, de 23 años, tomó hace dos las riendas del negocio familiar. Posee dos parcelas, en Igorre y en Zeberio, y en ellas cultiva manzanas. No le basta para vivir, pero reconoce estar encantada con el oficio. Sarrionandia no pudo acceder al plan de ayudas de la Diputación para jóvenes agricultores porque la superficie de sus huertas no alcanza las dos hectáreas, requisito indispensable para recibir una subvención. «Tienes que estar inscrito en el régimen agrario y es la ruina. Al final, no sale rentable», justifica.
El cuidado de los manzanos no ha apartado, sin embargo, a esta joven vecina de Igorre de los libros. Urtza se formó en la Escuela Agraria de Derio y en la actualidad estudia Relaciones Laborales en la UPV. Pero la mayor parte de su tiempo lo dedica al cuidado y recogida de las manzanas. Las cultiva de varios tipos: 'bostkantoi' -por su acabado en 'cinco esquinas'-, reineta, golden y otras más extrañas al paladar, como la 'burdinsagarra' y la 'limoisagarra'.
«La 'limoisagarra' tiene un sabor muy amargo y se vende sola. Los clientes me la quitan de las manos», asegura. En estas fechas apenas tiene género y su labor en la huerta se reduce a tres horas diarias. Riega, cuida la tierra y planta. En verano, cuando empiece la recogida de la fruta, le esperan largas jornadas en el campo, en las que amigos y familiares «echan un mano».
A pesar de su juventud, Urtza ya se ha hecho un hueco en el circuito de ferias agrícolas, un negocio que no es tanto como al cliente le parece. «La gente cree que nos forramos, pero no es así. Vendemos bien en cuatro ferias. En otras, entre pagar la OTA y la gasolina casi perdemos dinero».