Mediados los años treinta, las partes nobles o pudendas eran aún un importante motivo de preocupación. Y, todo hay que decirlo, de falta de higiene. Los escuetos reclamos de 'Piel y venéreas', estaban presentes con una frecuencia todavía excesiva. Tampoco se había puesto fin a los malestares estomacales ni a la recua de problemas originados por las malas digestiones o la preocupante falta de vitaminas y nutrientes. Para combatir aquella larga lista de afecciones indeseables como la anemia, la debilidad nerviosa, la incapacidad física y mental, la vejez y, lo que a buen seguro era causa de desesperación, la falta de virilidad, estaba el maravilloso 'reconstituyente nervo-sexual, Okasa'.
Por fortuna, no siempre los males eran tan diabólicos. La mayor parte de las veces estaban muy localizados. El estómago, por ejemplo, era uno de esos focos recurrentes en aquellos años republicanos. «Atienda debidamente a su estómago», rezaba un slogan comercial que cantaba las virtudes de la «Magnesia Bisurada, el antiácido sin rival, recomendado y usado por los médicos más eminentes del mundo entero». Era una maravilla, ya que no sólo aliviaba la acidez, sino que, tras su ingestión se podía, incluso, comer los alimentos preferidos por el afectado que eran los que, a la postre, más acidez le producían. El espectro de males que cubría dicho producto iba más allá de un simple ardor. En tan sólo tres minutos, se prometía, hacía desaparecer las acedias, los eructos ácidos, los vómitos, los gases y la somnolencia.
Píldoras de Witt
A pesar de todo, siempre había reclamos peores ante los cuales más valía pasar de largo y no desear jamás el mal que decían combatir. Una buena muestra era el 'Aceyte Ynglés', que ofrecía la destrucción inmediata, «sin la más ligera molestia», de los parásitos del cuerpo y cabeza humanos. Además, para que todo el mundo se quedara tranquilo, el citado producto no dejaba mancha. Es decir, que si no acababa con los parásitos al menos no echaba a perder la ropa del afectado. Todo un detalle. En esta línea de eficacia, hasta la sarna había dejado de ser un problema. El 'Sulfurato Caballero' la curaba cómodamente, sin daño alguno, en diez minutos.
A la vista de los anuncios de prensa, el catálogo de males parecía inagotable. Vamos, todo un negocio en el que, además de lo ya citado, también tenían un hueco considerable las enfermedades del riñón y de la espalda. Para ello, se decía entonces, nada como las 'Píldoras de Witt', que garantizaban el bienestar absoluto en tan sólo veinticuatro horas después de tomarlas. No hay que olvidar que los malestares y enfermedades también sirven para comprobar el adelanto de la sociedades que los padecen. A los de siempre, se añadieron otros, no nuevos pero sí «novedosos». A mediados de los años treinta, determinadas afecciones de la mujer habían dejado de ser «cosas de mujeres», exclusivas y secretas. Así, «para calmar positivamente el tormento que trae consigo cada mes» se promocionaban las pastillas 'Doloretas', un antidoloroso muy eficaz.
Y es que, el universo femenino se había ganado, ya a estas alturas, un espacio importante en el mundo de la publicidad. Lógicamente, la mayor parte de los productos destinados a las mujeres hacían hincapié en el aumento de la belleza. El 'Jabón Heno de Pravia' era una de aquellas maravillosas fórmulas que se ofrecían. Su espuma dejaba tras de sí un invisible guante perfumado que protegía la piel gracias a sus aceites que penetraban en los poros. También el cuidado del cabello era importante. El 'Azufre Veri de la casa Intea', era un champú anticaspa y anticaída. Y cómo no, una sonrisa limpia, libre de película, es decir, de lo que hoy llamamos placa, también era algo fundamental. Para ello, nada mejor que el dentífrico 'Pepsodent'. Entre tamaña batería de artículos para mujeres no podían faltar los destinados a mantener en perfecto estado una de las prendas con más leyenda del vestuario femenino: las medias. Para ellas, el jabón 'Lux' garantizaba más duración y elasticidad.
También los placeres del gusto tenían un lugar en el mundo publicitario de los años treinta. Se anunciaban entonces como alimentos de calidad, inigualables y, como los 'Chocolates bilbaínos', productos que daban satisfacción. Y es que, el aroma de aquel chocolate era maravilloso. Su untuosidad era única porque representaba «la técnica moderna, la fabricación limpia, aplicada a fórmulas clásicas, con cacao puro, en cantidad mucho mayor a la que la ley prescribe». Junto a esto, también estaba el café. Uno de los más anunciados era 'El Dromedario', de origen santanderino y que podía encontrarse en paquetes de un kilo, de 500, de 250 y hasta de 100 gramos. Todo ello, claro está, precintado.
Boquilla parafinada
Otro de los placeres del momento, complementario a los citados y no prohibido por entonces, era el tabaco. Los cigarrillos, «Jean, de 15 céntimos en papel blanco o maíz, con boquilla parafinada» eran un auténtico lujo. Tampoco faltaba el pan, ya que se decía que «el buen pan es la salud» y, por ello, se recomendaba «Baby, el pan de Viena. Tierno y crujiente; fino y mantecoso», fabricado por Harino Panadera.
Entre aquel maremagno publicitario, los nuevos tiempos también tuvieron un hueco importante. En 1936, se proclamaba que las fresqueras eran cosa del pasado. Para conservar los alimentos con total seguridad, nada mejor que un refrigerador. Entre las marcas del momento se hallaba 'Crosley' que ofrecía modelos de nevera con estantes en la puerta que permitían meter más cosas en su interior. Todo ello, por tan sólo 50 pesetas al mes.
Sin duda alguna, la publicidad era un mundo en crecimiento. Sobre las necesidades de siempre, aparecían nuevas por el cambio de los tiempos. Aunque ya se atisbaba que, para tener éxito, nada mejor que recurrir al gancho publicitario para, cómo no, crear necesidades nuevas.