La central Chernóbil (Ucrania) dejó de funcionar el 15 de diciembre de 2000, casi 15 años después de que se produjera allí la mayor catástrofe de la historia en el uso civil de la energía nuclear. Pero mientras no se construya un nuevo recubrimiento para el bloque 4, accidentado en 1986, nadie podrá respirar tranquilo. Será necesario además eliminar los residuos de los otros tres reactores y continuar con la descontaminación de las zonas afectadas.
Los restos del reactor destruido yacen bajo una cubierta de hormigón y acero, el 'sarcófago'. Su estado es preocupante debido a las numerosas grietas abiertas en el armazón. En su interior se acumulan 200 toneladas de material altamente radiactivo y el tiempo apremia por que la interacción de ese magma atómico con el sarcófago amenaza con el derrumbamiento de toda la estructura.
«Si el sarcófago llegase a desplomarse, se formaría una nube de polvo radiactivo que causaría más contaminación», asegura Julia Marúsich, portavoz de la planta de Chernóbil. Según su opinión, «el peligro es real debido al deterioro que sufre». El sarcófago fue construido deprisa y corriendo en los días que sucedieron al accidente para detener la fuga radiactiva lo antes posible. «El enorme nivel de radiación impedía a los obreros acercarse a la distancia adecuada. Por eso, la construcción carece de la solidez necesaria», comenta Evgueni Vélijov, presidente del Instituto de Energía Atómica Kurchátov de Moscú. Según Vélijov, «unos pocos minutos entre los restos del reactor son suficientes para recibir una dosis letal de radiación».
La imposibilidad de permanecer demasiado tiempo en algunos lugares impidió hacer las soldaduras que hubieran hecho hermético el recubrimiento. La superficie total de todas las hendiduras existentes en el enorme caparazón metálico supera los 1.000 metros cuadrados. Por si fuera poco, la acción de las sustancias radiactivas ha favorecido la aparición de unas partículas que corroen la estructura del sarcófago. Este fenómeno, cuya naturaleza por el momento se desconoce, se viene observado desde hace años.
Vladímir Tokarevski, que trabajó en la construcción del sarcófago, «si se produjese una modificación de la disposición geométrica del uranio por culpa de las lluvias, podría tener lugar una reacción en cadena. No es muy probable, pero no se puede descartar», alerta Tokarevski. A través del suelo se filtran también unas micropartículas de alto contenido tóxico que las corrientes subterráneas conducen hasta el río Prípiat y de ahí pasan al río Dnieper, cuyas aguas abastecen Kíev.
Ayuda extranjera
Una de las condiciones que puso Ucrania para cerrar Chernóbil fue precisamente la concesión de ayuda financiera del G-7 para construir un nuevo sarcófago, que costará mil millones de euros y será útil durante cien años. Las autoridades ucranianas se quejan de que el dinero llega a cuentagotas. El actual recubrimiento había sido diseñado para durar 30 años, pero han pasado sólo 20 y está en las últimas. Según Julia Marúsich, «hasta dentro de un siglo, por lo menos, cuando se puedan extraer el combustible y los restos del reactor 4, no podremos hablar de seguridad total».