La ocasión anterior que Burning actuaron en el Kafe Antzokia, reunieron a 400 personas y lo poco que vimos (no, no escribimos sobre ello) nos dio la impresión de hallarnos ante un grupo en declive que congregaría menos gente en cada visita subsiguiente. Sin embargo, el sábado los madrileños llenaron el mismo local con más de 600 personas de pago, y es que se ofrecía algo diferente: una revisión en formato acústico de sus temas de siempre, estupendamente recogidos en el CD 'Dulces dieciséis' (Music Bus), que parece asimilarles al nuevo country rock yanqui.
El Antzokia estaba a rebosar con público de ambos sexos y muchas edades, lo que asegura a Burning temporadas extra de cuerda. No pocos espectadores iban sobrados de alcohol y drogas, y el embrutecimiento era obvio en los que mentaban gravemente a la madre tomándolo como un halago, pero es lo que hay cuando se es fan de una banda que glorifica al perdedor y al delincuente ('Esto es un atraco'), se apunta al igualitarismo de hormiguero, rechaza la excelencia y sugiere la lucha de clases (ah, los pijos... cuyos posibles tanto envidian, como cantan en una de sus canciones más machistas y sexistas,'No es extraño', esa que dice «el Cartier que enlacé en tu muñeca fue lo que te convenció»), todo con un victimismo asumible por Zetapé y la vice De la Vogue, pero no por Zerolo el gay, pues Johnny, el único Burning superviviente, presentó un tema jaleando «ya vale de mariconadas, un poco de rock and roll».
El bolo funcionó y Burning, los favoritos de los malos, sonaron entre su fan Quique González y la J. Teixi Band más negroide. Usaron contrabajo, el guitarra se marcó a la acústica buenos punteos rock, Johnny gozó ante tamaña afición, la basca coreó ('¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?'), colaron trampas eléctricas ('Es especial', la más candorosa... y nuestra preferida) y tributaron a los Stones ('Sweet Virginia').