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Miércoles, 26 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Ortega y Gasset son dos
Existe una corriente en historiografía, que se ha revelado en los últimos años, que aboga por la recuperación de la memoria. Se recoge en esta actitud el deseo de reconocer a un tiempo lo desconocido (desapariciones de ciudadanos en la Guerra Civil, liquidación del más elemental rastro de su existencia), así como de discutir las verdades inclinadas: aquéllas de las que decía Emerson que no se sabe para dónde van a caer. Ojalá esta corriente que se viene dando entre algunos historiadores y publicistas españoles acierte a reseñar ante la sociedad los elementos que distinguen un hecho histórico, frente a la opacidad o confusión con que se adorna por la ideología, la ignorancia, la mala intención o la doblez.

En los dos últimos años, a propósito de la conmemoración del aniversario de la proclamación de la II República y sus prolegómenos, se ha extendido aún más esa corriente, animada sin duda por la conducta ciudadana de esos seres anónimos y ejemplares del Bierzo leonés, pioneros en la acción directa para levantar los muertos de la tierra, explicar su memoria, darles hoja en el listado del registro civil: en suma, abrazarles como seres humanos. Nadie lo había hecho. En el País Vasco, esa corriente ha tenido especial significado por la manera en que la sociedad Aranzadi ha puesto todos sus elementos de ciencia a disposición de la exhumación, identificación y recuperación de la dignidad de los desaparecidos y asesinados en la guerra de referencia en toda España.

Sería conveniente que este proceso se acompañara a su vez con estudios, análisis y pedagogías que elevaran la conciencia de todos a un estadio más alto. Porque da la impresión de que las derechas políticas -para entendernos- jalean aquellos hechos para denostar una vez más el tiempo de la II República, haciéndole culpable de todos los males, incluida la misma guerra. No sabemos cómo puede compadecerse este hecho con la para nosotros incomprensible vindicación que el líder y mentor de esas derechas españolas -Aznar, por supuesto- ha hecho del presidente de la República, Manuel Azaña. ¿Quién pudo aconsejar a Aznar tamaña dislexia histórica? Porque, si es positivo que un presidente de gobierno reconozca el pasado, no se compadece con la forma en que su bloque ideológico, el suyo, arremete contra la memoria misma de ese pasado.

En la otra parte, en las izquierdas, hay de todo. Con motivo de la conmemoración del 75º aniversario del Pacto de San Sebastián (1930), verdadero acto constitucional del empeño republicano, hubo tantas resistencias a su consideración, sobre todo en el País Vasco, que ni instituciones democráticas, ni Universidad, ay, ni casi nadie hicieron nada por analizar siquiera cuanto significó el primer empeño democrático de la historia de España. Sólo artículos aislados, pequeñas anotaciones individuales. Ahora acaba de conmemorarse el aniversario de la República, aquel proceso civil que nació bajo el efecto pedagógico más renovador de nuestra historia, la Institución Libre de Enseñanza, y el objetivo de elevar la dignidad del ciudadano, con el programa más elemental y más digno que pudiera invocarse: 'Escuela y despensa'.

Al arrimo de esta conmemoración parece que se oyen con más fuerza, otra vez, las voces de los políticos que las de los historiadores, que las de los intelectuales en general, que han declinado en su conjunto participar en el debate ideario de su tiempo, tan ocupados, también en general, en llevarse bien con los bloques de poder: ser obedientes. Son tan escasas las voces de intelectuales que expresen una crítica elemental, que las excepciones apenas se perciben y no llegan ni a confirmar la regla. Sí salen algunos en cambio a proclamar lo ya sabido, lo fácil, las líneas de cajón: que la República, dicen, vino porque tres intelectuales de entonces, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, constituyeron una Agrupación para su defensa, y santas pascuas. Es cierto que estos tres ciudadanos, intelectuales de gran significación, pusieron su alto prestigio al servicio de la causa republicana. Pero, sin quitarles nada, la fiebre les duró poco, y hay que decir que los tres, apenas unas horas después de alzarse Franco en África en 1936, ya habían pactado con éste su adhesión al llamado Movimiento Nacional. Los tres estaban a salvo en París, bien cuidados por el embajador Lequerica, quien se encargaba por el contrario de entregar a republicanos en la frontera, para su liquidación, sin juicio y sentencia (léase a Secundino Serrano).

Esos tres ciudadanos, de cuyos méritos intelectuales no es caso hablar, por indiscutibles, no fueron sino parte de un coro que se sumó al aliento republicano que en España predicaron con anterioridad, durante toda la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), otros intelectuales, a algunos de los cuales se les ha negado asiento en la Historia. Es difícil hoy encontrar un estudiante -claro está que alguien enseña a los estudiantes a no saber- que pueda identificar la mayoría de estos nombres, por sólo citar alguno: Eduardo Ortega y Gasset, Eduardo López Ochoa -general republicano que, habiendo predicado la República, combatió a ésta en el bienio negro, siendo fusilado en plena guerra por los republicanos-, Rodrigo Soriano, Santiago Alba, Blasco Ibáñez, Artemio Precioso y un corto etcétera. Todos ellos, y muy pocos más, junto con el gran Unamuno, fueron las escasas voces intelectuales que se levantaron contra el directorio militar de Primo de Rivera, por lo que tuvieron que partir al exilio, mientras que todos los demás intelectuales, y también los políticos en general -incluido Largo Caballero-, le hacían la cama al dictador.

Pero si hay un caso de inequívoca concepción republicana, política, intelectual y moral, de entre todos los citados, éste es el de Eduardo Ortega y Gasset, un perfecto desconocido para la historia. Hermano del filósofo, por quien tenía verdadera devoción, a este Ortega y Gasset, político de alta formación, crítico y hombre bondadoso, la historia de la cultura, de la política española, le ha negado asiento. La ignorancia que hay de su persona es una vergüenza para todos. Eduardo se empeñó -y nunca mejor dicho, porque él ponía todos los medios económicos propios al servicio de la causa republicana- en luchar de verdad contra la dictadura y contra Alfonso XIII, a la vez, acompañando en el exilio a Unamuno. En Hendaya, ambos editaron el único altavoz contra el desastre en que vivía la sociedad española: 'Hoja Libres'. Ese altavoz de conciencia histórica, realizado a una por Ortega y Gasset (Eduardo, claro) y Unamuno, es el mejor certificado de la conducta de este desconocido. Ortega y Gasset (Eduardo, claro) es la primera persona que presenta en el Ateneo de Madrid (antes que Indalecio Prieto, que es al que se cita siempre) la proclama a favor del régimen republicano. Que se lean los historiadores el libro que editó en 1930, verdadera joya, proclama razonada que encendió el espíritu que luego Miguelito Maura hizo tan práctico, con la toma del poder real, el policial, el 14 de abril de 1931. No sólo la cultura republicana, sino la historia de España más digna debe reconocer a intelectuales y políticos como Eduardo Ortega y Gasset, quien entregó vida, inteligencia, fortuna personal, conciencia y memoria al servicio de la renovación de la sociedad de su tiempo. Murió en América, después de escribir un libro primoroso sobre su amigo Unamuno. Y sigue muerto, al parecer.

Por eso, cuando a mí me salpican con ese supuesto chiste que juega a decir si Ortega y Gasset eran o no dos personas, suelo contestar que sí: que Ortega y Gasset son dos: Eduardo y José. Pero dos, no sólo uno: que conste.



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