El Correo Digital
Miércoles, 26 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Pompa y vanidad
Es un hecho sobradamente conocido que para algunas personas la atracción magnética del poder resulta insuperable y que son capaces de dejarse la piel a tiras antes que desengancharse de esa atracción fatal. Hemos visto a jerifaltes derrocados capaces de volver al cabo de los años a sus poltronas aunque el país esté ardiendo y sea evidente que el pueblo soberano no les quiere ni en pintura. Para quienes, por el contrario, las pompas y vanidades asociadas a un cargo nos producen cierta náusea, el poder ejerce una especie de fascinación inversa muuy parecida al asco. Y si es cierto que el poder corrompe, mucho más cierto es aquello de que el poder absoluta corrompe absolutamente. Por eso nos inquieta tanto que alguien pueda matar y morir con tal de no soltar el báculo, el cetro o la corona, por citar tres símbolos eternos de los que adornan a un mandamás fijado a su sillón de mando con pegamento indeleble.

No hay que recurrir a Macbeth ni sobre todo a su arpía esposa, arquetipos literarios de la sed insaciable de poder caiga quien caiga: ahora mismo tenemos el caso patético de ese rey absurdo llamado Gyanendra, empeñado en permanecer en su cargo aun a sabiendas de que las calles de su cortijo se han llenado de airados súbditos que piden a gritos y a pedradas que el coronado baranda se largue y no vuelva. Vivir aislado en un palacio ornamental, protegido por soldados inclementes que el día menos pensado pueden volver sus armas contra el jefe supremo y mezclarse después con el pueblo para celebrarlo, ha de ser duro. Sólo con pensarlo me invade una insoportable sensación de claustrofobia: imaginen al tipo recorriendo insomne los pasillos del palacio, evocando sus días de gloria y escuchando sus propios pasos en losmármoles del piso. Yo no lo soportaría por mucho oro macizo que decorara las paredes de la enorme celda en la que se ha convertido su último refugio. Antes me colgaba de una lámpara o me hacía preparar una cicuta doble.

Ignoro cómo acabará la triste historia del otrora todopoderoso rey Gyanendra, que tiene nombre de ogro de cuento, pero me temo que mal. Cabe la posibilidad de que logre escapar llevándose losmaletines de su fortuna inagotable en la bodega de un avión o de que ceda sus poderes a los representantes del pueblo enfurecido. De lo que estoy seguro es de que no habrá sacado ninguna conclusión provechosa: estas gentes principales no aprenden nunca, ni siquiera cuando suben al patíbulo con la soberbia intacta. Haberlo pensado antes, diría un ciudadano zumbón.



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