Es bien conocida por el cine la soledad del hombre y su frustración e inutilidad cuando se ve privado de la mujer que, además de compañera, se ocupaba de todos aquellos detalles aparentemente inapreciables, pero imprescindibles y sólo valorados cuando no hay quien los atienda. La necesidad de esa cercanía femenina ha dado lugar a las caravanas de mujeres del lejano oeste y a las no tan lejanas en pueblos consumidos por una población mayoritaria de solteros. La versión más moderna viene dada por la inmigración y la búsqueda de compañía, más o menos romántica, en los países más deprimidos.
Por estos jardines se pasea el guión de la veterana actriz Isabelle Mergault, que aborda la repentina viudedad de un granjero francés con un tono de comedia romántica sumamente agradable. Cuesta, en un principio, aceptar que de la interesada pareja pueda surgir una relación creíble. Él es maduro, torpe e insensible. De hecho, se nos presenta como antipático e interesado. Ella es joven, bella, encantadora y de una bondad infinita. La gracia del guión y el incuestionable talento de los protagonistas -Medeea Marinescu es todo un descubrimiento- hacen que ambas personalidades vayan acercándose hasta construir un romance adulto, serio y veraz.
El tono es condescendiente, pero de vez en cuando se agradece la simple bondad y simpatía con un final que se adivina feliz, pues los personajes así lo demandan y así lo merecen. El barniz de comedia disimula la agria realidad que subyace en el soporte de la historia.