El gran Ambrose Bierce definía el ruido como: «hedor en el oído. Música sin domesticar. El producto principal y el signo que autentifica nuestra civilización». La voz que nos ocupa viene así recogida en 'El Diccionario del Diablo', cuyo centenario cumplimos precisamente este año. Llama la atención lo preciso de las definiciones, habida cuenta de que hace cien años no se conocían las motos de escape libre cuyos dueños quitan el silenciador al tubo de escape. Tampoco tuvo ocasión de vivir en un piso en cuyos bajos hubiera un bar de copas con el equipo de música a todo gas hasta las tantas.
El ruido es, efectivamente, un signo de nuestra civilización. También lo es la contaminación química del aire y de las aguas. La diferencia es que estas últimas han sido consideradas como tales y perseguidas desde hace tiempo, como agentes perjudiciales para las vías respiratorias o el aparato digestivo, o sea, la salud. El daño que el ruido hace a nuestro equilibrio psíquico no debía de ser considerado cosa extraordinariamente grave, ya que no ocurría lo mismo con la contaminación sonora. El Ayuntamiento, que empezó a tomarse más en serio la polución acústica desde que llegó Azkuna, instruyó a lo largo del año pasado 326 expedientes a otros tantos locales que sobrepasaban la marca del ruido tolerable, situada en los 30 decibelios.
El procedimiento se ha hecho más riguroso e incluye el desplazamiento de agentes de la Policía Municipal al lugar de autos, la comprobación de los niveles sonoros y la imposición de una primera multa de aviso que supone 450 euros, si el nivel de ruido sobrepasa en menos de cinco decibelios el tope, y de 900, si el exceso sonoro es superior a esos cinco decibelios. El incumplimiento de las medidas correctoras im-puestas por el Ayuntamiento pueden elevar la sanción hasta 3.000 euros y la retirada de la licencia por dos meses. Lástima que en ocasiones pueda más la voluntad infractora que el rigor de la ordenanza. Siempre pueden hacer oídos de mercader con un argumento simple: «Es que con tanto ruido no se les entiende nada».