Según las proclamas nacionalistas, la evolución del País Vasco desde la Transición consiste en que, en lo sustancial, todo ha ido mal. Verdad es que en ocasiones el Gobierno vasco asegura que hemos mejorado en nivel de vida, infraestructuras, investigación, educación, etcétea, en multitud de cosas (en casi todo), pero, aún así, el tono agónico impregna el discurso. Tales avances se presentan como una especie de hazaña épica, conseguidos gracias a la valiente gestión nacionalista del autogobierno y pese al cicaterismo de los gobiernos españoles (y de los partidos españoles, y de la política española...). Así, cuenten proezas o lamenten destrozos, en los discursos se impone la impresión de que siempre estamos en una situación lamentable. El acento se coloca no en los logros, sino en añorar el final de «injusticias históricas» y la consecución plena de las ambiciones ideológicas. Mientras no las alcance todas, el nacionalismo se siente quizás condenado a lamentar carencias y a reivindicar sus deseos como si fuesen derechos arrebatados.
Año tras año, perpetuamente andamos en trances críticos. A veces el nacionalismo asegura que se ve la luz al final del túnel. Lo afirma cuando llegan elecciones; lo dijo todo el rato cuando los benditos días de Lizarra; lo reitera ahora, al presagiar negociaciones y 'procesos de paz'. No está claro, sin embargo, qué es para él la luz que se ve en lontananza, si el logro de sus anhelos nacionalistas o el final del terrorismo. Quizás lo sabremos algún día. De momento, lo que está claro es que transitamos por un túnel. Es lo nuestro. Unas veces se atisba la luz, otras no. Lo que siempre se siente es el túnel por el que navegamos, la oscuridad que nos rodea.
El discurso nacionalista comenzó a hacerse particularmente lúgubre, resentido y reivindicativo a finales de los años ochenta y durante los noventa. Fue una contradicción, pues sucedió a medida que se asentaba la democracia y la autonomía y se producía la paulatina normalización política del País Vasco y del nacionalismo. Éste ejercía el poder en las principales instituciones vascas y perdía la fisonomía épica de antaño, pero su elaboración ideológica no cambió ni notó estas transformaciones de la vida política. Al contrario, profería quejas y disgustos por una situación que podía considerarse próspera y halagüeña, sobre todo desde el punto de vista nacionalista, que se llevaba la parte del león. Sus proclamas apenas recogen notas triunfales, no contrastan mejorías actuales con los tiempos pasados, pese a que éstos fueron sin duda más mediocres. Hablaban y hablan del pasado, pero para evocar los derechos históricos, las herencias medievales, la resurrección nacionalista y la lucha frente al franquismo, todo ese legendario historicista que envuelve su maximalismo ideológico. Con fuerza creciente, la documentación nacionalista de los años noventa, incluso antes de Lizarra, olvidaba los éxitos que conseguía la autonomía (e incluso la gestión del nacionalismo) y se dirigía hacia las ambiciones esencialistas del irredentismo ideológico.
Constituye, en sí mismo, una paradoja. El afianzamiento del nacionalismo como el sector hegemónico de la sociedad vasca, con la mayor capacidad de diseñar el futuro, que se produjo en un momento de prosperidad económica, contrastó de forma creciente en sus manifiestos públicos con su radicalización ideológica. Resulta contradictorio, pero, según el nacionalismo prosperó políticamente y desarrolló aspectos sustanciales de sus programas, difundió con más frecuencia una interpretación que cuestionaba las bases de sus éxitos, la autonomía, y reclamaba romperla.
Cabría pensar que, como resulta habitual en otros movimientos, el logro de parte de sus aspiraciones, los mayores avances nacionalistas de la historia, favorecería que sus manifiestos políticos y discursos versaran sobre alternativas de futuro. Que fuesen exposiciones laudatorias o críticas acerca de sus logros políticos y gubernamentales, que desarrollaran adaptaciones ideológicas a las nuevas situaciones, análisis de lo realizado y/o promesas referidas a porvenires aún más venturosos Ni siquiera habría sido sorprendente que algún discurso nacionalista, algún dirigente, hubiese realizado alguna contribución doctrinal que alabase el régimen que vivimos, que ponderase lo que aporta para la sociedad vasca. Incluso, que enalteciese el sistema autonómico como logro sustancial y valor en sí mismo; que propusiese profundizar en él, no despedazarlo.
No sucedió así. El PNV centraría sus discursos en acusaciones sobre incumplimientos españoles, sobre sus postulados esenciales, sobre 'el derecho a ser' (signifique lo que signifique), sobre 'el derecho a decidir', sobre autodeterminaciones, sobre sus postulados. Todo ello, al margen de cómo iban las cosas. Como si la única circunstancia de interés para interpretar al País Vasco fuese la lógica argumental de la ideología nacionalista, no lo que pasa en la sociedad, cuestión que al parecer no le interesa.
Así, resulta llamativa la distancia entre las circunstancias objetivas que vivían el País Vasco y el nacionalismo y la imagen global que proporcionan los posicionamientos públicos del PNV.
Sus documentos apenas se refieren a los avances conseguidos (cuando mucho, a los que se arrancaron durante la Transición). Por el contrario, la reiteración pública de una imagen desoladora y victimista del pasado y de lo que falta para el pleno logro de las ambiciones ideológicas proporciona al observador la sensación de un País Vasco (o, mejor, un Pueblo Vasco) en cuya esencia histórica hay una suerte de agonía. La imagen final resulta tensa e incluso traumática, de un sentido muy apartado de las vivencias coetáneas identificables con el desenvolvimiento político.
El resultado sugiere una gran lejanía entre la evolución del País Vasco y del nacionalismo y la que experimenta su ideología, que, en definitiva, está autonomizada. La marcha que sigue ésta no puede explicarse en función de aquélla. Tiene su propia dinámica, el comportamiento doctrinal del PNV se emancipa de las realidades políticas. Lleva a que la ideología y las creencias sigan su lógica interna. Se mueven por sus condicionamientos argumentales.
Y esto nos devuelve al túnel con el que comenzábamos. ¿La luz que a veces ven los nacionalistas en lontananza, qué es? ¿Satisfacer sus radicalismos ideológicos y todos decir amén? ¿Lo mejor para la sociedad vasca, o al menos intentarlo? ¿El desenvolvimiento de la democracia? No es lo mismo. Son cosas bien diferentes. Y hay una última hipótesis: estamos condenados a vivir siempre en el túnel, nunca alcanzaremos la luz del paraíso nacionalista y siempre podrán los desgarros por sus insatisfacciones. Vayan como vayan las cosas. Al menos, que vayan bien.