La opinión pública ha quedado más o menos impresionada por el caso de macrocorrupción en Marbella y por la insaciable rapacidad de ese hortera de bolera que ya no sabía qué hacer con las toneladas de billetes que le entraban por todos lados -se me ocurre uno más, específico, con el fajo de billetes previamente bien enrollado-. Un tipo con las características precisas con que califica Frederik Selous en 'Recuerdos y notas de la naturaleza africana' -citado por mi amigo Javier Reverte en su estupendo libro 'El sueño de África'- al león como perfecto depredador: «Posee dos requisitos esenciales para la felicidad terrenal: buen apetito y ningún escrúpulo». Esos mismos leones que el voraz hortera tenía disecados en su feudo 'kitsch'.
Pero frente a estos casos espectaculares de corrupción, ante los que abrimos los ojos como platos por el asombro ante la desmesura, los españolitos estamos secularmente acostumbrados a aceptar y a convivir con la trapacería menuda, con el soborno consuetudinario, con la pequeña gabela impuesta para que el negociete chanchullesco eche a andar gracias a este insalvable previo engrase. Y además, como forma parte de la costumbre popular, ni siquiera se ve con malos ojos, como si se tratara de una invisible póliza más, necesaria para poder chupar del bote o para montar un negocio legal pasando por alto esa normita cuya escrupulosidad tocacojones parece ideada precisamente para ser superada sólo a través del soborno.
Poner el cazo forma parte de la idiosincrasia del país, de la picaresca del Siglo de Oro vigente hoy tanto entre mangutas como entre los que los representan. Las cortes de los milagros actuales se siguen pareciendo demasiado a la del siglo XVII. Las únicas diferencias son que El Buscón, Guzmán de Alfarache o Lucas Trapaza se habrían llamado hoy Borja, Charly o Pipo; que en vez de espada se lleva teléfono móvil; que las puñaladas por la espalda en callejón oscuro se dan a la luz del día en despachos de abogados -aquel invierno hizo tanto frío que se vio incluso a los abogados con las manos en sus propios bolsillos- mediante contratos firmados con pluma estilográfica y que los proxenetas y las hurgamanderas en lugar de estar en las casas de lenocinio salen por televisión.
Winston Churchill le preguntó a una dama si se acostaría con él por cien mil libras esterlinas. La señora, halagada y coqueta, le respondió entre risitas que por tan fuerte suma, quizá. A continuación, 'sir' Winston le volvió a preguntar lo mismo, pero esta vez la cantidad ofrecida eran unos míseros peniques. La dama, ofendida, le dijo que por quién la había tomado. Churchill le aclaró que lo que era resultaba evidente, simplemente estaban ajustando el precio.
La corrupción por cien euros comparte la misma naturaleza putrefacta de la que se hace por un millón. Pasar de una cantidad a otra no creo que dependa de los escrúpulos, sino de la oportunidad.