En el instituto me enseñaron que la flexibilidad es la propiedad que poseen ciertos cuerpos para doblarse y cambiar su forma ante la presión externa. También aprendí que hay varios tipos de flexibilidad, sobre todo la plástica y la elástica. La diferencia es que mientras los materiales elásticos -como el caucho- recuperan la forma original cuando se les deja de presionar, los objetos plásticos -por ejemplo la plastilina- ya nunca vuelven a su aspecto inicial, quedando deformados para siempre.
Estas últimas semanas, durante el conflicto que ha vivido Francia a cuenta del felizmente retirado proyecto de Contrato de Primer Empleo, se ha hablado mucho de flexibilidad. Que si la flexibilidad laboral es buena para la economía, que si ayuda a crear empleo Y a los jóvenes les dicen que la cosa está muy mal y que se hagan a la idea de ser flexibles si quieren ganarse las lentejas. Lo que nadie explica es que la flexibilidad que se les exige es plástica, nunca elástica.
Como sabemos gracias a la impagable experiencia de los contratos basura, el abaratamiento del despido o la reducción en las prestaciones por desempleo, los contornos perdidos nunca se recuperan. Poco importa que descienda la tasa de paro, mejore el PIB o aumenten los beneficios empresariales. Aunque la presión disminuya las cosas ya nunca serán como antes, al menos eso pretenden quienes engordan sus cuentas con la plusvalía ajena. Los empresarios reclaman trabajadores de plastilina, gente capaz no sólo de doblarse ante sus presiones, sino también de quedarse así para siempre, contorsionistas eternos de la precariedad en un estado de bienestar bonsái. Y por eso los franceses no han cedido hasta la retirada del proyecto de CPE ni quisieron aprobar la infumable constitución europea que aquí nos colaron sin rechistar: Porque saben que todo el terreno que cedan hoy lo perderán para siempre.
Ahora que por aquí se habla tanto de sacar el dichoso conflicto de las calles y llevarlo a las instituciones, el ejemplo francés demuestra que, en muchas ocasiones, sacar los conflictos a la calle es una señal inequívoca de la salud democrática de una sociedad. Los estudiantes franceses se han perdido algunas clases académicas pero a cambio han recibido una lección fundamental: Son ciudadanos con derechos y, sobre todo, con poder para cambiar las cosas. Tal vez sus notas se resientan, pero en ciudadanía han sacado matrícula de honor. Son gente de carne y hueso, no muñecos de plastilina. A ver si los demás también aprendemos.