Los críticos habían saltado a la yugular del director británico Paul Greengrass y los estudios Universal sin haber visto ni el tráiler, indignados por lo que consideraban la explotación de una tragedia nacional que aún toca la fibra sensible de muchos. El miércoles, sin embargo, la sobriedad de 'United 93', con una fidedigna recreación de los hechos que lo acerca más al documental, venció la resistencia de quienes acudieron a su estreno en la noche inaugural del Festival de Cine de Tribeca.
En el escenario estaba Robert De Niro, fundador del festival con el que se propuso devolver el glamour a su barrio neoyorquino, amenazado por la desolación que dejó la desaparición del World Trade Center. «Es una historia que honra la valentía y el sacrificio», dijo con su habitual parquedad. La apertura de esta quinta edición se trasladó a la calle 54 por temer al exceso de emotividad que hubiera supuesto ver la primera película sobre el 11-S a pocos metros de la Zona Cero. En los balcones del Teatro Ziegfeld se sentaban 90 familiares de los pasajeros y la tripulación del único vuelo que ese día no alcanzó el objetivo de los terroristas, que era el Capitolio.
«Sólo aguanté la primera parte», confesó una joven que abandonó precipitadamente la sala, impactada por la imagen de su marido en la pantalla. «Cuando empezó la parte violenta me tuve que salir». Por contra, Jack Grandolas, que también tenía a su esposa entre los 33 pasajeros de ese vuelo, dijo estar encantado con el resultado. «Es duro y es triste, pero también es inspirador. Me aclara muchas cosas y es un honorable tributo a nuestros seres queridos».
En el patio de butacas se sentaron autoridades y celebridades dispuestas a poner a prueba su nervio. No faltaron los comisionados de policía y bomberos de la ciudad.
Greengrass se ha esmerado en una exhaustiva investigación que reproduce hasta la ropa que llevaba puesta cada pasajero, con la ayuda de las 40 familias que le dieron su permiso unánime. Se ha alejado de los trucos emocionales que caracterizan a los guiones de Hollywood
Cuando el avión cae en espiral sobre los campos de Shanksville (Pensilvania), la pantalla se queda en negro. No hay explosión. El silencio sobrecogió a los espectadores angustiados que llenaban la sala, conmovidos por los sollozos que provenían de los palcos.