Mal asunto es que una institución cultural con la misión de conservar nuestro patrimonio artístico pierda una pieza de ese patrimonio o sufra unas goteras que ponen en entredicho su condición como depósito y custodio de bienes culturales. Mal asunto, también, que todo ello se produzca después de una reforma y ampliación que ha costado varios miles de millones y muchos años de estudios y realizaciones. Además, y eso es lo peor, todo ello no hace sino desprestigiar a un museo nacional tan importante como el Reina Sofía, cuya condición de primera institución en materia de arte moderno y contemporáneo es fundamental para la imagen de la cultura española.
Obviamente, no se trata ahora de buscar la misma dimisión que otras goteras no tan distintas ni tan distantes ocasionaron hace años en el Museo del Prado, sino de que el ministerio de Cultura adopte algunas medidas para garantizar el buen funcionamiento del museo. Medidas necesarias, sí, como por ejemplo la eliminación de una burocracia politizada que está bien lejos de un objetivo de eficiencia y calidad en la gestión. Medidas necesarias, también, como por ejemplo el impulso para el nombramiento de un equipo directivo de alta cualificación profesional, independiente y no sometido a los avatares de la política.