Los periodistas que cubren el Maccabi Tel Aviv nunca se aburren. Ni sus lectores. ¿La causa? Pini Gershon. Técnico amarillo y 'showman' inigualable a partes iguales. Socarrón hasta el límite, el veterano preparador es una institución en su país. Por su currículo y valía. Por sus continuas y cacareadas salidas de tono.
Cada vez que le colocan un micrófono delante de la cara, regala una perla para la posteridad. Siempre irreverente, mordaz y sarcástico. Ese carácter excéntrico le ha convertido en un icono en su país. No en vano, tras levantar las dos pasadas Euroligas tuvo el 'honor' de recibir sendas llamadas telefónicas del entonces primer ministro Ariel Sharon.
Siempre tensa la cuerda al límite. Ya sea hablando del rival o, llegado el caso, contra su propia institución. Pini está por encima del bien y del mal. O eso se desprende de sus incendiarias declaraciones. Tanta incontinencia verbal, de hecho, solapa a un técnico de primera fila.
A principios de este curso le molestó tanto el juego de su plantilla en un encuentro que soltó: «Una de dos, o tenemos jugadores estúpidos o el entrenador es estúpido». El tono de voz denotaba que sólo otorgaba validez a la primera variante. Sus jugadores, que no le tienen en demasiada estima por cierto, han recibido de lo lindo este año. En el descanso de otro partido su bronca traspasó el linde de la mínima educación. Ganaron, pero no bajó al vestuario. «Temía que me pegaran, son más fuertes que yo. Algún día pagaré por los tacos que les suelto», se excusó con una sonrisa maliciosa.
En el cruce de cuartos frente al Olympiacos se cebó con el pívot Schortsianitis, famoso por su oronda figura al pesar más de 150 kilogramos. «Está tan gordo que para rodearlo tuvimos que comprar 17 galones de gasolina... Y el precio de la gasolina subió».
Azote amarillo
Incapaz de separar la persona del personaje, Pinhas Gershon ha desarrollado toda su carrera en Israel. Durante veinte años -en los que pasó por una docena de clubes, incluido el Hapoel de Jerusalén, archirrival amarillo- se convirtió en el azote macabeo. En aquella época, sus cruces dialécticos con el presidente Mizrahi y todo aquel que representara al coloso de Tel Aviv fueron antológicos. Incluso les acusó de 'comprar' a los árbitros.
Pero la vida da muchas vueltas. En 1998 Roni Shatan, un amigo común, les reunió en un restaurante. De las reticencias iniciales se pasó a la curiosidad y, sorpresivamente, al afecto. ¿Todo en una comida! Desde entonces son uña y carne. Ésta es su sexta temporada en el gigante del baloncesto en Israel.
Posee una relación idéntica con el influyente Moni Fanan, el hombre-orquesta del Maccabi. Sin embargo, no se habla con Raanan Katz, millonario judío copropietario del equipo y, además, de los Heat de Miami. Este año se han cruzado 'lindezas' en los medios. «La mayoría de los dirigentes del Maccabi son buenas personas, muchos incluso son inteligentes». Su jefe le tildó de «payaso» a modo de réplica. Ahora tiene vetada cualquier referencia a la cúpula de su entidad.
Sobre el resto de temas se explaya sin despeinarse. Aunque, como ya hizo en la 2001-02 cuando se tomó un año sabático, amenaza con adoptar la misma medida el próximo ejercicio. «Siete años en el Maccabi son como 23 en otro club. Quizá es la hora de descansar». La Euroliga no sería lo mismo sin él.
d.gonzález@diario-elcorreo.com