Faltan cuatro partidos y el Athletic sigue con sus angustiantes ejercicios de funambulismo y trapecio sin red. Llevamos así toda la temporada: el equipo allá arriba, en las alturas cenitales de la cuerda floja, y nosotros abajo, a pie de pista, mirando sobrecogidos sus equilibrios y piruetas suicidas. No es de extrañar que algunos aficionados hayan decidido cerrar los ojos, incapaces de soportar tanta tensión. Y es que uno nunca sabe cómo van a acabar este tipo de ejercicios circenses tan peligrosos. Ya lo advertían hace años, en uno de sus espectáculos, los geniales 'Les Luthiers'. Haciendo las veces de presentador de circo, Marcos Mundstock engolaba su voz para presentar uno de los números más esperados por el público: «Y del famoso matrimonio de trapecistas de super riesgo Richard y Mary...» -anunciaba, estirando la emoción, bajo un redoble de tambores-. «¿Richard, el viudo trapecista!».
Hay que confiar en que el Athletic no acabe como la pobre Mary, desgraciada integrante de aquel gran circo cuya primera figura era un especimen nunca visto: el hombre normal. Lo cierto es que, mirando el panorama con el mínimo posible de serenidad, mucho se tienen que torcer las cosas en las cuatro jornadas que restan para que los rojiblancos no salven finalmente la categoría. Ahora bien, el sufrimiento está garantizado. Vamos a sudar sangre. Esto sí que ya no tiene remedio -me refiero al sufrimiento- por mucho que algunos iluminados, los mismos cuyos cálculos y decisiones han abocado al equipo a esta situación límite, lleven desde Navidad asegurando que la salvación está a la vuelta de la esquina. ¿De qué esquina, oiga?
La realidad es la que es y hay que aceptarla. Hablar del Athletic es hacerlo de un equipo desfigurado por un insensato experimento contra natura que le ha dejado sin alas esta temporada. Sus cifras lo demuestran. La pasada campaña, a estas alturas de la competición, llevaba 54 goles. Ahora suma 33 y, en las últimas 14 jornadas, desde que en Anoeta los jugadores se liaron la manta a la cabeza cuando lo vieron todo perdido, no ha sido capaz de marcar dos tantos en un partido. O uno o ninguno. Tremendo. En San Mamés, la comparación es todavía más desoladora. El equipo ha marcado 15 tantos, la peor cifra de su historia. Hace un año llevaba 37. ¿Y los goles en contra? ¿Acaso hemos perdido pegada a costa de hacernos impermeables? Pues no. El Athletic sólo ha encajado tres goles menos (43 frente a 46) que la campaña anterior.
Las diferencias son tales que nos obligan a hablar de una lamentable metamorfosis, de dos equipos completamente distintos. Casi con los mismos jugadores -la baja de Santi Ezquerro se ha podido compensar con Aritz Aduriz-, pero radicalmente distintos en su concepción del juego, en la altura de sus miras y en su rendimiento. Se quejaba Javier Clemente tras caer ante el Valencia de que al Athletic le faltaba un hombre-gol. No es verdad. En la plantilla hay unos cuantos jugadores -y ahí están las estadísticas de los últimos años para corroborarlo- capaces de asegurar, si se les pone en el once inicial con la debida regularidad lógicamente, una aceptable media de goles en cada ejercicio.
No. Lo que le ha faltado al Athletic esta temporada no es un candidato a Pichichi -no tiene ninguno desde hace al menos 20 años- sino algo más importante: vocación ofensiva. Otro gallo le estaría cantando a este equipo si hubiera encarado todos los partidos con la ambición con que lo hizo el domingo y con la que, por su bien y el nuestro, esperamos que lo haga en los encuentros que restan para el final de esta pesadilla.