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Jueves, 27 de abril de 2006
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OPINIÓN/Volver a casa por Navidad
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Estados Unidos prepara las maletas. No es que el Gobierno de Irak signifique gran cosa en el desgobierno, pero las encuestas aprietan a Bush y las elecciones legislativas del próximo noviembre apremian. Y nada resultaría más enternecedor para el electorado americano que tener una gran parte de sus soldados en casa por Navidad. Suponer que, para entonces, e incluso para más lejos, vaya a producirse un significativo cambio en la situación del atribulado país es de locos. Los atentados se suceden y los muertos que Washington mata todos los días como el animado asesino del 'Viernes trece', Al-Zarqawi, gozan de excelente salud. Incluso se han dado al 'multimedia', que es como un tratamiento rejuvenecedor de Ponds para terroristas. Allí aparecía, desafiando a sus matadores, con un fusil automático a sus espaldas y una barba tan oscura que, colijo, sea más producto de la humana vanidad, un simple tinte, que concordancia con su edad provecta. Hace unos días había salido su amo Bin Laden, por quien tampoco corren los años, llamando, como él, a una de esas campañas contra los cruzados mágicos americanos. Y en particular contra su Gobierno «títere», sea cual fuere. Con lo que EE UU ha entendido el mensaje en dos sentidos: la necesidad de arropar al nuevo Ejecutivo en su orfandad interior y la no menor (necesidad) de ir ensayando su abandono. Dos actitudes aparentemente contradictorias y en esencia complementarias: la grandeza del amor y la mística de la despedida.

Fueron a darle ánimos, dado que el asunto va para largo, según los comeniños del maniqueísmo internacional. Condoleezza Rice y Donald son cabezas de cartel en lidia tan delicada. El matador del Pentágono es hombre, por otro lado, conocido de aquella plaza desde los tiempos en que visitaba a Sadam, ahora enlatado por circunstancias, como imitar a Vlad 'El Empalador'. Y bien, decía que los atentados van a más, mientras que los muertos no, porque ya no se puede, no se da abasto. La ciudadanía ha abrazado el heroísmo cotidiano como bandera de supervivencia y se ha hecho legionaria, amiga de la muerte. Con ella se acuestan y con ella se levantan. Querría esto decir que la situación política no parece que suponga una inflexión en la imposible vida del pueblo, ni vaya a representar un futuro alentador, lejos de los mausoleos y panteones que pueda levantar el progreso. Pero en Washington lo han interpretado de otra manera, seguramente con la misma información y conformidad que les metió en la guerra, y han decidido que el iraquí se haga hombre y que ese hombre esté solo. Que aprenda la dureza de las contrariedades de la vida y el frío que hace fuera del manto protector del patrón. Aunque pensándolo bien, que se vayan o no es una fruslería, que tampoco va a cambiar esencialmente ni al paisaje ni al paisanaje. Los cristianos de Bush abrazan el providencialismo, donde todo está previsto y todo tiene su fecha de caducidad. En consecuencia, ¿qué mal se hace con la huida, y que bien puede reportar la perseverancia indeseada, completamente irrelevante? Lo importante es que pervivan los valores humanistas de su democracia.

j.l.penalva@diario-elcorreo.com



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