El brutal ataque se prolongó durante tres horas y media. Los aviones alemanes, italianos y nacionales descargaron 90.000 kilos de bombas. El 71% de las casas de Gernika quedaron reducidas a escombros. De los 6.000 vecinos que poblaban Gernika, al año siguiente sólo quedaban 800 en la villa foral. Muerte y exilio. Y entre todas estas cifras, una que jamás se olvidará: 26 de abril de 1937. El bombardeo.
Ayer, 69 años después de la primera ofensiva aérea masiva sobre una población civil, vecinos, supervivientes y autoridades locales, autonómicas y del Gobierno central conmemoraron la triste efeméride. Con gran solemnidad y pese al vivo recuerdo de la barbarie, la mayoría de los presentes coincidió en señalar que, además de necesaria, la paz es «posible». En este sentido, la celebración del triste aniversario cobró este año un especial significado. Y es que en todos los discursos hubo alusiones implícitas al alto el fuego permanente de ETA y las expectativas que ha generado en la sociedad vasca. «Se abre ahora una ventana a la reconciliación y a la ilusión», aseguró el portavoz del Ayuntamiento de Gernika.
Por momentos, el sentimiento de «esperanza» se apoderó de las casi 400 personas que llenaron el cementerio de Zallo durante el acto central del aniversario. Al evento acudiero, entre otros, el delegado del Gobierno, Paulino Luesma; la portavoz del Gobierno vasco, Miren Azkarate; la presidenta del Parlamento, Izaskun Bilbao, y el parlamentario del PP Carmelo Barrio.
Durante la ofrenda floral se pudo escuchar el penetrante tañido de la campana de la iglesia de San Juan Bautista, el único elemento que se conserva del templo tras el bombardeo. Esta misma campana fue la que anunció la llegada de la aviación enemiga en la mortecina tarde del 26 de abril de 1937.
Así lo recordaba ayer Luis Iriondo, que sólo era un niño entonces. «Todo el mundo empezó a correr, gritando. Afortunadamente pude meterme en un refugio, por lo que no vi el bombardeo, pero si lo oí: los proyectiles hacían un ruido horrible en su caída», evocaba Iriondo, que en la actualidad roza los ochenta años. «Cuando terminó el ataque -prosigue este superviviente- pude comprobar cómo todo el pueblo estaba ardiendo; no se podía estar: todo eran llamas y humo».
En aquellos días, Luis trabajaba de pinche en un banco; el colegio lo habían cerrado. «Estuve con otro señor que cuando sonaron las campanas de alarma me preguntó pa qué se debía. Se lo expliqué. Nosotros ya estábamos acostumbrados. Llevábamos seis meses de guerra y el frente estaba a entre 15 y 18 kilómetros, por lo que pasaban los aviones a menudo», recordaba ayer.
«Todo estaba ardiendo»
Pili Jauregui, la madre del ex diputado general de Vizcaya José Alberto Pradera, tenía 14 años cuando sucedió la tragedia. «Mi padre ya nos dijo por la mañana que iba a ser un mal día. Venían todos los gudaris y soldados de retirada y yo creo que él ya se figuró que iba a suceder algo muy grave», relató ayer. «Por todo ello, nos fuimos todos a la vecina localidad de Forua y desde allí vimos el bombardeo. Cuando volvimos a Gernika no teníamos casa. Todo estaba ardiendo. En los primeros momentos todavía quedaban algunas paredes, pero luego se cayeron. Yo perdí una cuñada», concluyó la anciana.
El bombardeo fue un golpe brutal para Gernika, y no sólo por los muertos y la destrucción total. «La mayoría de la gente se quedó en la más absoluta ruina», describen José Ángel Etxaniz y Vicente Palacio, historiadores y miembros de la sociedad de estudios Gernikazarra. «Lo perdieron todo, hasta fotografías de boda, documentos... todo ardió. Además, no sólo hubo daños materiales, sino también psicológicos: hay quien todavía sueña y se despierta con el ruido de los aviones».