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Jueves, 27 de abril de 2006
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SOCIEDAD
ODILE RODRÍGUEZ DE LA FUENTE, HIJA DE FÉLIX RODRÍGUEZ DE LA FUENTE
«Mi padre era muy gamberro y rebelde»
Recala en Bilbao una muestra itinerante que homenajea al famoso naturalista al cumplirse 26 años de su muerte
«Mi padre era muy gamberro y rebelde»
En bilbao. Odile Rodríguez de la Fuente. / BERNARDO CORRAL
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LA EXPOSICIÓN
Lugar: Archivo histórico de BBVA (Plaza de San Nicolás, 4).

Fechas: Del 27 de abril al 2 de julio. Entrada gratuita.

Horario: De lunes a viernes, de 10 a 20 horas. Sábados y domingos, de 11 a 20 horas.

La muestra: Se recrea la vida y la obra de Félix Rodríguez de la Fuente. La muestra indaga en la figura del naturalista burgalés y retrata la concienciación de la sociedad respecto a los temas medioambientales. La exposición aborda el tema de la biodiversidad, los océanos y la atmósfera, aguas dulces, suelos, bosques, clima, especies amenazadas y espacios naturales protegidos.

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Han pasado ya 26 años desde la trágica muerte de Félix Rodríguez de la Fuente en un accidente de aviación en Alaska. El famoso etólogo, naturalista y ecologista burgalés, que entró en millones de hogares españoles gracias a su programa 'El hombre y la tierra', perdió la vida mientras rodaba escenas de la mítica carrera de trineos tirados por perros conocida como Iditarod. Antes de montar en la avioneta, comentó que aquel era un lugar maravilloso para morir...

Un cuarto de siglo después, las fundaciones BBVA y Félix Rodríguez de la Fuente han organizado una exposición itinerante para recordar y homenajear la figura de uno de los grandes divulgadores medioambientales de todos los tiempos. Odile Rodríguez de la Fuente, la menor de sus tres hijas, estuvo ayer en Bilbao para presentar la muestra y hablar de su padre, «un hombre que llevaba la naturaleza en su ser».

-¿Cómo era?

-Yo tenía sólo siete años cuando falleció. Mi memoria es más de niña, más de sensaciones. Lo que sí recuerdo bien es la fuerza que irradiaba. Si se ponía a hablar de un tema que le interesaba, sobre todo cuando volvía de un largo viaje, era igual que en la televisión. ¿Una fuerza de la naturaleza! Adoraba a sus hijas y cuando estaba en casa nos dedicaba todo el tiempo del mundo.

-Y no fue a la escuela hasta los ocho años.

-¿Hasta los nueve! Fue por la Guerra Civil, pero también por su padre, es decir, por mi abuelo. Era notario, un hombre muy inteligente, que no creía en la escolarización temprana. Mi abuelo opinaba que los primeros años eran fundamentales en el desarrollo de un niño. Sostenía que la propia curiosidad del niño y el hecho de vivir en libertad le daba una serie de cosas que no le daba el colegio.

-Su abuelo obligó a su padre a estudiar Medicina.

-Bueno, obligar, obligar... Eran otros tiempos. Hoy en día tu padre te dice que tienes que estudiar no sé qué y tú le contestas que no te da la gana. Así que coges y te vas a tocar la guitarra. Pero en aquellos tiempos la importancia de los padres -a la hora de marcar el rumbo de sus hijos- era muy pronunciada. Mi abuelo vivió una guerra y ese tipo de gente tiene una mentalidad de supervivencia: un médico siempre será útil en una guerra.

Un halcón en el puño

-Pero su padre prefería hacer 'piras' y observar los animales.

-Sí, era muy gamberro y rebelde. En un pueblo de muy pocos habitantes era el típico que se ponía un jersey rojo e iba con un halcón en el puño. La gente decía que estaba pirado, un loco. Iba sólo a clases que le interesaban, pero luego se pegaba un mes y medio estudiando y sacaba sobresalientes.

-¿De dónde le venía ese amor por la naturaleza?

-Era una cosa que venía ya integrada en su ser. En la radio hablaba mucho de su infancia, de cuando era niño, se confesaba. Contaba que tenía una predisposición genética natural, que le venía de nacimiento, pero el hecho de vivir los primeros nueve años de su vida en libertad y rodeado de naturaleza le marcó para siempre.

-El halcón y el lobo fueron sus dos grandes pasiones.

-Marcaron su infancia. A mi padre le encantaban los patos. Siempre los observaba. Un día, en una charca, se acercó tanto que casi podía cogerlos. Era algo inusual porque siempre se escapaban. Y entonces vio a un halcón, que cuando los patos salieron volando capturó a uno de ellos, que cayó a los pies de mi padre. Lo cogió palpitante, medio muerto... En ese momento hizo una especie de pacto con el halcón.

-¿Y el lobo?

-Mi padre vivía en una zona de pastores donde el lobo estaba demonizado. Iba en contra de la subsistencia de la gente: te pillaba doce ovejas y te arruinaba. Así que se organizaban batidas para exterminarlos. Él fue a una de ellas, con 13 años y unos prismáticos que le habían regalado sus padres. Pero los lobos no aparecían y, justo cuando estaban a punto de irse, mi padre vio a uno. En lugar de encontrarse con un bicho espantoso, con la espuma en la boca y los ojos rojos, contempló un bellísimo animal al que definió como la «naturaleza en su esencia más pura». Solía contar que su mirada le decía: ¿Qué os he hecho yo? ¿Por qué no puedo vivir aquí, en mi espacio, en mi casa? No lo olvidó jamás.



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