Me han llamado la atención las valoraciones que han realizado las formaciones políticas y algunas instituciones respecto a la reacción de Batasuna tras los atentados del pasado fin de semana en Barañain y Getxo, siendo la más llamativa de todas ellas, por su entidad política, la realizada en nombre del Gobierno de Zapatero. Se ha destacado que la respuesta de la formación abertzale contiene elementos novedosos importantes que permiten mantener la esperanza sobre el proceso de paz. Sin embargo, para mí lo verdaderamente significativo en términos políticos, lo que nos da base sólida para mantener un optimismo realista, no está tanto en lo que ha dejado dicho Batasuna, cuanto en la declaración oficial del secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, quien consideró que la respuesta de Batasuna «va por buen camino» y afirmó, además, que el Gobierno tiene el convencimiento de que los atentados no obedecieron a órdenes de ETA.
Lógicamente, cualquiera puede observar que tales apreciaciones no pueden deducirse sólo del comunicado leído por Joseba Permach, donde lo único resaltable era la calificación de los atentados como «hechos muy graves». Faltaría más que nos siguieran en pleno alto el fuego permanente con la cantinela de que estos actos de violencia son consecuencia del conflicto. Es evidente que Zapatero y Rubalcaba han recibido de Batasuna y seguramente de ETA mucho más de lo que figura en el comunicado hecho público. Todo apunta a que es esa valoración explicitada por conducto interno lo que ha podido tranquilizar y serenar al Gobierno.
De ahí que lo verdaderamente significativo de Batasuna no esté en su declaración pública, sino en lo que hayan podido hacerle llegar al presidente para que no vea en peligro el inicio del llamado 'proceso', según terminología del presidente de Navarra. Parece claro que la izquierda abertzale oficial, al fin, ha comprendido que la violencia es un estorbo para el mantenimiento y el desarrollo de su propio proyecto político, de ahí que por razones conservacionistas se vea obligada e interesada en allanar los obstáculos y a contribuir a que el diálogo de ETA con el Gobierno se encauce irreversiblemente.
Cualquier regreso de ETA a la violencia, como sucedió tras la ruptura de la tregua de 1998, ahora, podría resultar letal para esa izquierda abertzale. Creo que la actual dirección es consciente de la gravedad de ese riesgo. Pero a pesar de la relevancia estratégica de esta última consideración, ello no reduce ni elimina los obstáculos y las dificultades que va a tener la gestión de la pacificación sobre todo en los momentos iniciales. Más bien al contrario.
Los que tienen claro que el tiempo de la lucha armada se ha agotado definitivamente, necesitan obtener con cierta urgencia recompensas parciales y eso se va a notar. El problema está en saber si el binomio ETA-Batasuna piensa que Zapatero también se encuentra en la misma encrucijada. Es decir, si se creen que la vuelta a la violencia no sólo puede representar la muerte política de Batasuna sino también la del presidente del Gobierno. Si la respuesta es afirmativa, por paradójico que parezca, el proceso de paz tendrá dificultades añadidas.
x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com