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Viernes, 28 de abril de 2006
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Flagelador
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Imagínemos a Pepe Isbert en aquel inolvidable papel de verdugo, solo que esta vez con turbante y látigo en mano. Es profesión que aquí cayó en desuso pero hay lugares en el planeta donde sigue siendo una profesión como otra cualquiera en los que los servicios de un profesional flagelador son ampliamente demandados. No hay paro en la disciplina. En la prisión de mujeres de Riad las detenidas le conocen sobradamente y hablan mucho del virtuoso flagelador que les trata a conciencia en sus propias carnes y les somete con destreza a la ley del latigazo, previo exámen médico. Caigo en un diario extranjero con una entrevista a uno de estos funcionarios del zurriagazo legal que en principio suponemos es hombre que no está hecho de la misma pasta que el resto de los humanos. Frente a frente con una periodista que le fustiga a preguntas, comienza el experto flagelador por rechazar que se le llame verdugo, precisando que su trabajo se denomina 'ejecutor de penas religiosas'. Cunde globalmente el eufemismo en actividades de todo pelo y en empleos que ponen los pelos de punta.

Confiesa el flagelador que lleva 20 años cumpliendo con su deber lo mejor que sabe, que debe ser mucho después de tan dilatada experiencia. Dos décadas, cuatro lustros ganándose el pan flagelando. Sólo trata, dice, de aplicar los castigos definidos por Dios y dictados por las autoridades y aclara que las flageladas lo saben. ¿Momentos duros en el trabajo? No. No es labor nada difícil, loado sea Dios. ¿Alguna vez sintió compasión? Aplicar la pena es hacer bien a la pecadora, Dios sea loado. ¿Acaso sentís odio hacia la mujer? Que Dios me preserve. Ellas son nuestras madres , nuestras hermanas, nuestras esposas e hijas. ¿Ha llorado alguna vez? Lloro como todos los mortales cuando la ocasión lo requiere, Dios sea loado. ¿Existe rechazo en vuestro entorno por este trabajo? Tengo la impresión de ser bien aceptado por mi ocupación, Dios sea loado.

En cuanto a la vida social, el flagelador lleva una existencia normal, como manda la norma divina y por lo que respecta a su señora y sus niños contesta que los trata como los trata todo el mundo. Un tipo corriente y ordinario en algunos mundos de Dios, el perito en flagelos.



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