Hay una realidad en la sociedad norteamericana que supone la escasa disposición de los hijos a enquistarse en la casa de sus padres. Ya desde el momento de la elección de la universidad existe una clara necesidad de poner tierra de por medio y alejarse lo más posible del hogar paterno. Algo que hemos visto en múltiples ocasiones en el cine y que convierte en algo antinatural -así se llega a calificar en esta película, razón por la que el protagonista es mordido por todo tipo de bichos- el apalancamiento junto a los progenitores, sirviéndose de los servicios y cuidados de los mismos.
Es por ello que el planteamiento tiene su punto de justificación para poder desarrollar una comedia en la que los padres ansíen su bien merecido espacio de libertad e intimidad frente al hijo 'okupa', que, lógicamente, ha de ser dibujado como vividor, ligón, egoísta y un pelín inmaduro. Algo que ya hizo el cine francés no hace mucho ('Tanguy', 2001) con bastante mayor justificación y acierto cómico.
Lo que se nos presenta ahora no deja de ser la típica y tópica comedia romántica con engaño incluido. Hay muy poco de descripción irónica de la situación y de sus justificaciones, y mucho de exhibición juguetona de lo bien que se lo puede pasar un caradura con escasos escrúpulos. El desfile de actividades extralaborales no deja de ser un medio para exhibir al protagonista, que, últimamente, sólo parece interesado en lucir torso y sonrisa. El lío romántico es de manual, incluyendo una reconciliación con aprobación colectiva ya vista mil veces.