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Viernes, 28 de abril de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
El Giro en Cantabria
Recorremos con el Euskaltel-Euskadi los puertos de Alisas, La Braguía, Estacas y La Sía, un reto para los cicloturistas
El Giro en Cantabria
DE NARANJA. El equipo se cruza con una brigada de limpieza con un maillot similar. / IGNACIO PÉREZ
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SALIDAS CICLOTURISTAS
Gernikesa: domingo, 9.00 horas. Deba, Calvario. 95 kilómetros

Zalla: domingo, 9h. Las Muñecas, Limpias. 90 kilómetros.

Barakaldesa: mañana, 9.30h. Durango, Garai. 85 kilómetros.

Punta Galea: mañana, 9h. Gernika, Zugastieta. 105 kilómetros.

Iurreta: mañana, 9.30h. 100 km.

Foronda: domingo, 9h. Murgia, Cuartango. 80 kilómetros.

Langraiz: domin., 9.30h. Gopegui.

Ariznavarra: domingo, 9h. Barazar, Dima, Otxandio. 95 kilómetros.

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Más que una ruta, lo de hoy es un reto: 190 kilómetros por el Asón y el Pas. Los desbroza el Euskaltel-Euskadi con los dorsales que irán al Giro. El equipo naranja extiende sus fronteras. Los Pirineos anidan en Cantabria. A un rato de autovía. Vale la pena. Quedamos en un parking a la salida de Colindres, orillando la marisma. Ese va a ser el único llano. Hoy recorremos una comunidad llamada 'La Montaña'. Les toca pedalearla a David López, Landaluze, Albiruzi, Laiseka, Mayoz, Luengo, Fernández de Larrea, Irizar y Flores. Buscan el Giro en Cantabria. Buena elección.

El camino tiene siempre el mismo sentido: cuesta arriba. La cumbre roma de la Fuente de las Varas es el primer peldaño (6 km. al 6% de desnivel). Suben rápido. Apremia la presencia detrás, en el coche, de Gerrikagoitia y Carbaieda, sus directores. «Etapas así les esperan en el Giro», argumentan los técnicos. Tiene la mañana una bufanda de niebla. Como si el invierno siguiera en funcionamiento. En la cuesta de Las Varas ya no quedan coches. No volveremos a verlos. El único peligro de atropello es animal: una vaca, un perro, un congreso de ovejas.... Aquí la tracción es animal. Toca pedalear.

El descenso hacia Arrendondo es precavido. Por si cruza un cencerro la carretera. El piso tiene una pátina de riesgo: agua y algo de abono o barro. A saber. Es tiempo para recuperar, porque, de inmediato, se eleva el alto de Alisas, enclavado sobre un roquedo también vestido de niebla. López y Mayoz endurecen el puerto, de casi diez kilómetros (5,7%). Precioso. Hecho para las bicis y el turismo: el cicloturismo. Flores ataca. Se prueba. Aprieta. Arriba, sumergidos en un mar de nubes, hay cambio de vestuario: gorros, guantes y chubasqueros de 'wind tex'. Bajar hasta La Cavada comprime la estructura magra de los ciclistas. Tipos sin grasa.

Antes de Liérganes, hay parón. «A ver, tenéis barritas energéticas, chocolatinas y agua», ofrece Gerrikagoitia. Devoran y, acto seguido, riegan las cunetas. El ciclista es un ser de metabolismo rápido. Desde este punto y tras pasar por Sarón, Villacarriedo y Selaya, ingresamos en el corazón de la ruta. En un oasis. Hacia el valle del Pas. Otro mundo. Otro siglo. Otra vida. Para alcanzarlo hay que salvar los 8 kilómetros al 5,8% de La Braguía.

«A darles cera»

Luengo y López mastican los pedales. A 25 kilómetros por hora. «Voy a darles cera. ¿Fuego!», avisa Flores. Ritmo de carrera sobre un asfalto impecable y desierto. Aguarda Vega del Pas. El valle de una paz triste, escribió Unamuno: «Praderas de esmeralda...». Sigue igual, aunque no lo vemos. La niebla se empeña. Mientras los corredores tiran hacia los 14 kilómetros de Estacas de Trueba, paramos en el Bar 'El cruce'. Tres cafés y una quesada de talla XL cuestan siete euros.

En el bar, los pasiegos alargan las sobremesa barajando órdagos. Tocados con gorra, con los labios ahormados al cigarro. Como sus abuelos. Volvemos al coche naranja. A la niebla. Para cuando alcanzamos a los ciclistas, ya no queda grupo. Es la guerra. Landaluze -tremendo-, López y Luengo abren la nube. La respiran. Un mastín, escolta en la cuneta, no reconoce el color de ese rebaño. No es el suyo. Ni se inmuta. Abre la boca sólo para bostezar. Alivio. Su collar de pinchos habla de la presencia del lobo. Pero ésa no es la batalla de los ciclistas. Ascienden descosidos. Sudando sobre el frío. La niebla iguala los perfiles del paisaje. Ni se ven las cercas de piedra. Pedalean sobre la nada. Menos mal que en toda la subida sólo nos cruzamos con un coche. Estacas es un puerto de verdad. Media hora larga de ascensión. Alimento para el Giro. Ésta es tierra de promisión: de aquí eran las nodrizas pasiegas, los pezones preferidos por la burguesía madrileña para nutrir a sus bebés.

En la cima, sin casi visibilidad, más agua, más quesada y más ropa. «¿Qué queda», se oye en tono de súplica. Queda La Sía. Al fin, la niebla se hace jirones y reaparece Cantabria. «Prados de esmeralda». Y cabañas con techos de pizarra. Algunas parecen tumbas. Por esta vertiente, el puerto de La Sía es más clemente: 7 kilómetros (6%) frente a los 20 del descenso. Pero ya pesan. El piso, recién empapelado, ayuda. El sol, también: deja ver cómo la primavera ha azucarado el praderío.

Bajar hasta Arrendondo descubre una isla pirenaica: la ladera más dura de la La Sía. Un puerto espectacular, con una cascada a medio camino. Con decenas de curvas a la vista desde cualquier cornisa. Es un regalo para el ciclista. Ya en Arrendondo, la ruta se cansa de tanto subir. Los ciclistas viajan vacíos, apurando las últimas parcelas de la quesada. Ya saben cómo será el Giro. Es su reto. El de los cicloturistas aguarda en Cantabria.



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