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Viernes, 28 de abril de 2006
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El alpinista de las siete vidas
Juanito Oiarzabal es un superviviente de las más altas montañas, un hombre que ha hecho de la zona de la 'muerte' su hábitat natural
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En julio de 2004, durante la expedición al K-2, a la postre su último 'ochomil' ascendido, Juanito Oiarzabal realizaba un ejercicio de sinceridad al hablar de su relación con las cumbres más altas del planeta. «Yo he quemado muchas más de esas siete vidas que nos otorgan a los gatos y a los escaladores ¿joder que sí! ¿Pero muchas más! Tengo la sensación de que vivo de prestado en esta vida. Sin duda vivo de prestado».

Lo que el vitoriano no sabía es que apenas un mes después de esas palabras, iba a consumir otra vida más durante el descenso del K-2, en el que tras 24 horas ininterrumpidas de actividad permaneció perdido durante una hora en plena noche y a unas decenas de metros del campo IV, a casi ocho mil metros de altura, en plena 'zona de la muerte'.

Pero ésa fue sólo la última situación límite que ha vivido allá arriba, donde el cuerpo no se recupera, donde la falta de oxígeno convierte la sangre en papilla y cada minuto que pasa se está más cerca del final.

El Kangchenjunga, donde los hermanos Iñurrategi lo arrebataron de una muerte segura a ocho mil metros durante el descenso en 1996, el Shisha Pangma, sepultado por el alud que mató a Zulu en 1998; el Everest, en el que llegó al CB exhausto y ciego en 2000 y le llegaron a dar por muerto en 2001... la lista de 'ochomiles en los que sólo una mezcla de instinto de supervivencia y suerte le ha permitido escapar de la muerte es larga. Pero más larga aún es la de amigos que ha dejado por el camino: Miranda, Atxo, Zulu, Félix o Mikel son solo los más próximos de una relación mucho más amplia si se extiende a compañeros de campo base.

Pero tras la decisión de ayer todo eso quedará atrás. La zona de la muerte, su hábitat natural durante veinte años, es ya un recuerdo, una veces glorioso, otras dramático. Pero sobre todo, la última profecía de aquella entrevista en el K-2 no se hará realidad: «Al final tientas tanto a la suerte que te pilla. Y yo tengo la sensación de que me voy a quedar en el Himalaya. Sin duda. Es muy duro decirlo, pero es la sensación que yo tengo». Araceli dormirá más tranquila. Y Mikel, aunque aún no lo sabe, también.



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