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Viernes, 28 de abril de 2006
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SOCIEDAD
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«Queremos que los niños de Chernóbil se recuperen aquí y levanten su país»
Una asociación vasca organiza estancias estivales de niños del área afectada por la catástrofe nuclear, que sufre una desastrosa situación económica
«Queremos que los niños de Chernóbil se recuperen aquí y levanten su país»
VACACIONES. Voluntarios vascos reciben a niños de Chernobil en el aeropuerto de Loiu. / IGNACIO PÉREZ
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CHERNOBIL ELKARTEA
La Asociación Chernobil Elkartea surgió hace diez años en Bilbao como respuesta al llamamiento internacional realizado por la ONU para el auxilio de las víctimas de la catástrofe nuclear.

Su ámbito de actuación abarca todo el País Vaco y las áreas de trabajo incluyen el acogimiento temporal familiar, proyectos de cooperación al desarrollo y campañas de sensibilización sobre la situación de los afectados.

Más información en www.chernobil.org o en el tel. 670-419078.

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Durante el curso académico, Belén Ugarte se hace la ilusión de que su hija Natacha estudia muy lejos, nada menos que en Ucrania, pero que regresará en verano para disfrutar de las vacaciones con la familia. Con ella llegan también un par de mellizas de cinco años y se duplica, de forma provisional, el número de hermanos.

Hace una década que Belén forma parte de la Asociación Chernobil Elkartea y, desde entonces, cada año ha acogido a niños provenientes del área contaminada por la explosión de un reactor nuclear, hace ahora veinte años. El pasado fin de semana, cien miembros de esta agrupación vasca de apoyo a los afectados volvieron de un viaje a la zona afectada, al norte del país y muy cerca de la central nuclear afectada.

Anualmente realizan tres excursiones para planificar la selección de candidatos y los encuentros con sus tutores. «A simple vista no aprecias deterioros medioambientales, pero sientes una especie de depresión colectiva en la gente, adviertes el abandono en que viven», explica. «Encuentras obras que se quedaron paralizadas hace veinte años, cuando sucedió la catástrofe. Nadie invierte en esos lugares», indica.

Hoy, sus habitantes viven en condiciones muy precarias, en inmuebles propiedad de industrias que agonizan. Según explican, los sueldos son bajos -entre ochenta y cien euros- y los precios de los productos de consumo, similares a los españoles.

Las autoridades sanitarias aconsejan salidas de cuarenta días para recuperarse de los efectos de la intensa radiación, aunque pocos pueden permitirse ese lujo. «A los padres les cuesta contar lo que ha ocurrido», explica esta voluntaria. «Los niños dicen que el aire está sucio y salir del país temporalmente se convierte en una necesidad, como un antibiótico recomendado por el médico».

Cuando Natacha llegó a casa de Belén, sufría problemas en la estructura ósea por la insuficiente alimentación; otros niños manifiestan problemas de dentición por la falta de calcio y todos precisan de más tiempo del habitual para superar enfermedades, debido a la debilidad de su sistema inmunológico. «Son como los osos», explica. «Vienen en verano para luego superar el invierno con las defensas adquiridas».

La comunicación no se rompe con el regreso de los niños, aunque tampoco es sencilla. La mayoría carece de teléfono fijo, demasiado caro para sus posibilidades, y ni siquiera los sellos resultan asequibles. «El precio de uno equivale a la compra de diez huevos, por ejemplo».

Sin baño ni grifos

En su última visita a Ucrania, los voluntarios de la asociación convivieron con familias en viviendas sin baño e, incluso, a menudo, de un grifo. «Entonces te das cuenta de lo duro de su situación».

Natacha cumplirá este año los diecisiete y ya no podrá seguir en el programa de la asociación, pero Belén no va a romper el lazo con su 'hija' eslava. «La traeré de forma particular», promete. A pesar de los fuertes lazos que se han ido creando, ni ella si sus compañeros aspiran a adoptarlos, en los casos en que fuera posible, o a que se afinquen aquí.

Además del apoyo sanitario, la entidad quiere que los jóvenes se convierten en la esperanza de un entorno por el que nadie apuesta. «Queremos que los niños mejoren su salud, pero también que se esfuercen por levantar su país». Porque, además de la polución radioactiva, la zona sufre un deterioro imparable. «Como si la naturaleza se estuviera comiendo los pueblos», indica. «El entorno es muy bello, pero tienes la sensación de contemplar una película en blanco y negro».



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