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Sábado, 29 de abril de 2006
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CULTURA
CULTURA
Una biografía de Oteiza subraya el carácter «experimental» de su vida
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EL LIBRO
Autora: Pilar Muñoa.

Título: 'Oteiza. La vida como experimento'.

Editorial: Alberdania (colección Alga).

Páginas: 368.

Precio: 24,50 E .

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Hasta los amigos de Jorge Oteiza reconocen que fue una persona difícil y compleja. Entre ellos estaba la profesora Pilar Muñoa (Tolosa, 1930), que ayer presentó el museo de Alzuza dedicado al escultor la biografía 'Oteiza. La vida como experimento'. «Sí, era vanidoso y le gustaba llamar la atención, más cuanto mayor se hacía. No obstante, siempre se han aireado los elementos más escandalosos de su personalidad. Se le provocaba y él respondía con gusto a la provocación», declara.

Muñoa ha contado la vida del escultor con intenciones divulgativas, para que se vea a la persona y su obra detrás del mito. Nacido en Orio en 1908, sus padres regentaban un hotel en San Sebastián, que cerró por falta de negocio. La biógrafa, doctorada con una tesis sobre el artista, describe al niño Oteiza como «inseguro, observador y sensible», y también recuerda cómo le fascinaban las subidas y bajadas de la marea en la ría de Orio.

Toda la vida de Oteiza, al igual que su obra, puede entenderse como un «propósito experimental», según Muñoa. El precursor del minimalismo, al que había llegado a través de Malevich, probó a elaborar una estética para el arte vasco, que «caminaba hacia atrás», es decir, hacia la prehistoria, como él decía. «Coincido con Pedro Manterola (director de la Fundación Oteiza) en que hubo escritos que ni él mismo los entendía, y que sin embargo tuvieron una gran influencia».

En 1958, Oteiza se fijó en los crómlech del monte de Agiña, cercano a la localidad navarra de Lesaka. En ellos vio la esencia artística de los vascos, un pueblo de 'pastores-escultores', superior en la línea evolutiva a los 'cazadores-pintores' de las cuevas de Lascaux y Altamira, que adquiere en ese paso la conciencia de la muerte, de la Nada.

Ni el sitio ni el tiempo

La 'desocupación del espacio' que caracterizó parte de la obra de Oteiza nació de ese planteamiento. «Era una poética interesantísima, aunque no demasiado justificada desde el punto de vista académico. Como se atrevía con todo, le llovieron palos por todos los sitios. Pero él no siempre se tomaba en serio. Tuvo un lado divertido que pocos supieron verlo».

El creador de Orio dejó la escultura en 1959, convencido de que su proyecto se había terminado. A partir de ese momento se dedicó a la didáctica del arte, que aplicó también a los niños, pues en la enseñanza residía el instrumento de una transformación social más atenta a la naturaleza y a la estética. «Fue uno de sus grandes fracasos. Quizá no fueran ni el sitio ni el tiempo adecuados para poner en práctica esas ideas».



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