Desde que Kenneth Branagh juntó en 1992 a 'Los amigos de Peter', han sido muchas las películas de reencuentros en las que siempre se ha pretendido dar un repaso a un determinado momento en que se estrecharon fuertes ideas y lazos que el tiempo se ha encargado de desbrozar, dejándolos en meros recuerdos no exentos de rencores y reproches. En esta primera película de Roger Gual en solitario, tras la interesante 'Smoking Room' (2002), se nos cuenta una de estas reuniones de amigos en la misma masía catalana que ocuparon en su juventud cuando formaban parte de una comuna 'hippy'. A la cita acuden tanto padres como hijos, entonces niños, lo que permite ampliar el catálogo de reprobaciones al terreno generacional.
La película tiene dos importantes valores y un reproche. En cuanto a los primeros, cabe destacar la sólida interpretación de todos los intérpretes, llenos de una frescura, naturalidad y espontaneidad muy similar a la lograda en 'Smoking Room'. Los fluidos diálogos sobre cuestiones a veces banales consiguen el acercamiento a la realidad de unos personajes desprovistos de toda artificiosidad. Lo que no significa que se pretenda una identificación.
Sin embargo, cabe censurar el innecesario mimetismo de las conductas, que lleva a un balance absolutamente pesimista. No hay ni un solo personaje salvable, ni apenas conductas diferenciadas. Todos son anormales fracasados y sus hijos, más aún. Es como si aquella comuna de libertad y amor los hubiese tarado de por vida.