De la luz inicial de Praga a la más absoluta oscuridad. El mejor Maccabi de la temporada borró del mapa la candidatura del Baskonia. De un plumazo le quitó de la cabeza, con una suficiencia aplastante, el sueño de protagonizar su segunda final consecutiva de la Euroliga. De levantar el trofeo más codiciado. Con una crueldad implacable. Por el vertiginoso ritmo impuesto. Y por la lacerante exhibición de baloncesto total que acogotó al equipo vitoriano, ya amedrantado de por sí.
La ilusión generada tras el 'maracanazo' ateniense, alimentada en estas dos semanas de intermedio a pesar de su indiscutible bajón de juego, saltó hecha añicos. En un santiamén. De la ilusión a la pesadilla media un palmo, según lo escenificado ayer en el Sazka Arena.
Y es que el golpe contra el asfalto fue morrocotudo. Porque, como ya sucedió hace doce meses en Moscú, el TAU Cerámica nunca acertó a discutirle la jerarquía a su acorazado contrincante. Quien, por otra parte, alcanzó un acierto sobrenatural en algunas fases de la reunión. Si conserva su actual bloque en el tiempo, podríamos hallarnos ante una dinastía al estilo de la Jugoplastika, el Madrid de Ferrándiz o el Varese de los años setenta.
Privados de su cerebro
La respuesta a la claridad del resultado debe buscarse en la poderosa defensa amarilla. No en vano, el Maccabi desconectó los engranajes básicos azulgranas con una facilidad insultante. Por ejemplo, gracias al excelente trabajo de Solomon y Sharp, no hubo rastro alguno de Prigioni, indispensable en el actual Baskonia.
Por tanto, a pesar del dolor que produce la frase, nunca existió la posibilidad de debate. El partido más importante quedó en monólogo. Amarillo para más señas. ¿Qué lástima! Sobre todo si se repasan todos los escalones superados desde noviembre, cuando se abrió el curso europeo, o se contabiliza el sudor derrochado durante tantos meses de sacrificio por las canchas de media Europa.
A pesar de que el disco duro baskonista ya procesaba información de su anterior enfrentamiento -pagó con el título su timorata salida en la final de Moscú-, esta vez tampoco fue capaz de domar sus nervios. De repetir el celebrado despliegue de otras magnas citas como la pasada Copa del Rey de Madrid o el desenlace del cruce de cuartos con el Panathinaikos. Desgraciadamente, esta vez el guión mostró más agujeros que un colador.
Apocado y condicionado por el excelente despliegue defensivo amarillo, el inquilino del Buesa Arena siempre se movió a contracorriente. Le tocó remontar desde la posesión inicial. Una tarea imposible cuando tu oponente, aparte de plantar un bosque de brazos alrededor de su canasta, tiene a las musas de su parte.
El titán hebreo le aguijoneó desde todas las posiciones posibles. Por dentro y fuera. Por delante y por detrás. No obstante, el Baskonia aguantó el tipo hasta el minuto 12 (24-22).
A partir de entonces, asistió a un vendaval en toda regla. Sin posibilidad de resguardarse. El Maccabi desplegó en esa fase todo su arsenal; esa anguila de fina muñeca llamada Anthony Parker, el multidisciplinar Vujcic, el contundente Baston o el incontenible Solomon. Demasiados frentes abiertos.
Suplicio en toda regla
Esa avalancha, alentada desde las gradas de un Sazka Arena transmutado por momentos en La Mano de Elías, coincidió con la lesión de Splitter. Privado de su volcán defensivo, con Prigioni y Scola desconectados, huérfano de aleros, el TAU capituló. Entregó la llave de la final con una ternura incomprensible.Diecinueve puntos de desventaja al descanso.
La sangría prosiguió tras el intermedio. El clímax se localizó a 3.03 del final del tercer cuarto; 32 puntos de desventaja (71-39). El TAU, desquiciado. Convertido en un muerte viviente mientras el Sazka Arena bullía. Un tormento inmerecido para su estatus.
Menos mal que el campeon israelí, embriagado de satisfacción, bajó las revoluciones y que el Baskonia tiró de vergüenza torera. Poco a poco cerró la monumental herida para dejarla en quince puntos y recluirse en el vestuario .
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