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Domingo, 30 de abril de 2006
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POLÍTICA
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OPINIÓN/Nanopolítica
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Siendo cierto que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, ¿qué no veremos mañana? Según los expertos, la próxima frontera a superar por la investigación científica tiene que ver con la «nanotecnología», denominación con la que se refieren a las ciencias y técnicas que se aplican a un nivel de nanoescala, esto es, con unas medidas tan extremadamente pequeñas ('nanos', equivalentes a una millonésima parte del milímetro) que permiten manipular las estructuras moleculares.

El acceso a esta nueva dimensión escalar permitiría fabricar materiales y máquinas a partir del reordenamiento de los átomos y las moléculas, las piezas básicas con las que ha jugado la naturaleza a lo largo de toda su evolución. Lo ha expresado con una frase sumamente gráfica el director del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachussets: «Nuestro objetivo a treinta años es tener un control tan exquisito sobre la genética de los sistemas vivos que, en lugar de hacer crecer un árbol, talarlo y hacer con él una mesa, seremos capaces de hacer creer directamente la mesa».

¿Ha dicho mesa? También el lehendakari está empeñado en hacer crecer directamente una mesa sin pasar por el lento e impredecible proceso de plantar el árbol, ayudarlo a crecer y talarlo para obtener la madera con la que construir el mueble. Y quiere hacerlo ya, no dentro de treinta años, ni siquiera dentro de dos: quiere hacerlo a partir de septiembre. A pesar de que, hoy por hoy, ni tan siquiera esté plantada la semilla del único árbol (el árbol de la confianza y del pacto democrático) que permitiría construir la mesa en torno a la cual puedan sentarse las fuerzas políticas vascas. No es el único que juega a nanopolítico. Un representante de Batasuna acaba de decir que sin Navarra, columna vertebral de Euskal Herria, ni hay Euskal Herria ni puede haber solución al conflicto vasco.

Pero la nanopolítica es altamente contagiosa. Y si en unos casos este síndrome se expresa en el ámbito de la carpintería política y en otros en el de la traumatología nacional, los hay que sucumben a otra variedad de nanopolitización: el fetichismo de la ley. Es el caso del Gobierno socialista, embarcado en una animosa campaña de reformismo legal que parece inspirada en una idea expresada por Alfonso Guerra en sus memorias: «Oigo muchas veces decir que el político está al servicio de los ciudadanos. Esa declaración no me apasiona. Claro que hay que servir a los ciudadanos, pero mi objetivo es otro: yo quiero cambiar las cosas». Es verdad que esta última cepa del virus de la nanopolítica no genera los problemas que provocan las otras dos; pero no es menos cierto que corre el riesgo de caer en la inanidad práctica si tales reformas legales no conectan suficientemente con la sociedad.

En fin, no sé qué ocurrirá con la política dentro de treinta años. Lo que sí sé es que, hoy por hoy, en este ámbito, sin semilla no hay árbol y sin árbol no hay madera con la que hacer ni mesas ni masas, es decir, ni propuestas ni sujetos políticos que las asuman como propias. i.zubero@diario-elcorreo.com



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