Mucho han cambiado las cosas desde 1986, el año de la entrada en el Mercado Común y el de la catástrofe de Chernobil. En aquel entonces, el consumo de energía mundial se situaba por debajo de 7.000 millones de toneladas equivalentes de petróleo (TEP), hoy nos situamos en 10.000. De esa energía, la electricidad ha pasado de los 9.000 a los 15.000 TWh, un crecimiento del 67% frente al 43% para el total de energía, indicando que la tendencia hacia la electrificación del mundo es un fenómeno en aceleración, con crecimientos espectaculares en el mundo en desarrollo, sobre todo en Asia. Hay que destacar que ese crecimiento se ha realizado, fundamentalmente, mediante las energías fósiles y, entre ellas, el carbón ha jugado el papel más importante. En el tema que nos ocupa, la energía nuclear ha permanecido plana, disminuyendo progresivamente su participación, que ahora se sitúa en un 16% del conjunto de la electricidad mundial, todo ello mediante la operación de unos 370 grupos nucleares.
Aunque sólo son veinte años desde Chernobil, el mundo de hoy es muy distinto y nuestras preocupaciones sobre la energía y el medioambiente, especialmente la relacionada con el cambio climático, aparecen de una forma mucho más urgente y alarmante que en aquel entonces. Además, las circunstancias geopolíticas del momento provocan una gran volatilidad en los precios y unas transferencias de renta inimaginables desde los consumidores a los productores. A esta circunstancia concreta que ahora vivimos, se une una creciente voz de alarma, la que nos indica que estamos próximos a alcanzar el pico de producción del petróleo y gas natural, algo que, una vez sea realidad, significaría precios crecientes y competencia entre países por el recurso. El pico de producción se ha alcanzado en amplios territorios, como es el caso de EE UU y es seguro que lo alcanzaremos a escala planetaria. Existen vaticinadores para todos los gustos, aunque parece que hay consenso en indicar que el pico se producirá entre este año y los próximos treinta.
Las consecuencias para nuestra civilización de una energía muy cara son dramáticas, pues todo el desarrollo económico del mundo se basa en la abundancia y en precios bajos de la energía y las materias primas. Además, el problema no son sólo los recursos fósiles, el carbón es abundante y podría servir para paliar algo el pico de producción de los hidrocarburos. La cuestión es que ahora sabemos que la Humanidad está alterando rápidamente el contenido de gases en la atmósfera por el consumo masivo de energías fósiles, algo que traería consecuencias dramáticas para el clima mundial. Desgraciadamente, las soluciones mágicas no existen y lo que habrá que hacer para mantener y aumentar el nivel de vida de los habitantes de este planeta pasa por múltiples medidas.
Las políticas energéticas del mundo son variadas dependiendo de muchas circunstancias. Sin embargo, países como el Reino Unido y otros de la Europa del Norte están fundamentando el futuro del sector energético en la disminución de emisiones de gases de efecto invernadero. En el caso de Reino Unido se trata de disminuir las emisiones se gases radiantes en un 60% para el año 2050, algo muy ambicioso que puede mostrar el camino del futuro de la energía en el mundo. En este momento, a la vista de la realidad que nos rodea, la pregunta sería: ¿podemos prescindir de la energía nuclear?
Como en casi todos los debates, las posturas se centran en los extremos, desde que la energía nuclear debe abandonarse a que ésta constituye la única alternativa de futuro. Sin embargo, nuestro problema es más complejo, pues precisamos actuar de inmediato tanto, en el corto plazo, para desactivar la presión de los precios como en el esfuerzo continuado de limitar las emisiones de gases de 'efecto invernadero'. Afortunadamente, ambos problemas tienen soluciones comunes que pasan por hacer mucho más eficiente la utilización de la energía y plantear, al mismo tiempo, políticas económicas que impidan quese cumpla el postulado de Khazoom y Brook, esto es, que lo que ahorremos en energía no nos lo gastemos en algo que ha precisado de, aun, más energía para su fabricación.
Precisamos aumentar dramáticamente las energías renovables, algo que parece tiene un consenso generalizado, aunque también es de complicada aceptación pública y, sobre todo, precisamos revisar nuestro modelo de transporte y urbanismo para adaptarnos a los límites y precios de los combustibles fósiles en el próximo futuro. En todo esto, también deberemos de hacer entrar la energía de fisión nuclear para complementar el crecimiento de la energía de más proyección en el mundo, la electricidad. En ese sentido, la ONU plantea el umbral de los 4.000 kWh por habitante y año como un consumo mínimo para asegurar una dignidad de vida desarrollada, lo que significa pasar de los actuales 15.000 a los 40.000 TWh/año, algo que sería posible para 2050 con escenarios de crecimiento realistas. La razón detrás de ese crecimiento tan elevado se encuentra, entre otras razones, en que existen mas de 1.600 millones de personas que carecen de electricidad en nuestro planeta.
La energía nuclear en el escenario anterior parece inevitable, pues debemos procurar no utilizar tanto combustible fósil para la generación eléctrica, usar las energías renovables y desde luego la nuclear. Una estudio del Instituo de Tecnología de Massachusetts (MIT) prevé un 19% nuclear de la electricidad en 2050 frente a un 17% en la actualidad. Esto supondría construir unos mil grupos nucleares en el mundo. Por supuesto, lograr este objetivo no es fácil, pues sería necesario progresar en múltiples líneas. En ese sentido, se debería avanzar en la reducción del coste nuclear, en el capítulo de la seguridad, con diseños adecuados, en el capitulo la eliminación de residuos y en el de la no proliferación. Sin embargo, los avances en estas materias están comenzando a ser suficientes para, de existir voluntad colectiva, hacer posible ese crecimiento de la energía nuclear que se barrunta como indispensable para avanzar hacia un escenario de convivencia mundial menos traumático.