Tres horas, nada más y nada menos, duró el enconado debate municipal para decidir si en 1906 se celebraba o no la fiesta del 2 de mayo. Posturas encontradas y radicalmente distintas dieron al traste con una de las celebraciones más emblemáticas de la villa, que, sorprendentemente, durante los últimos años había perdido bastante de su esplendor. Así lo reconocía 'El Noticiero Bilbaíno', que, en relación con el polémico pleno municipal del 13 de abril, señalaba que desde el preciso instante en que «carlistas, nacionalistas y socialistas se hallaban decididos a votar en contra de que la villa invicta conmemorase el levantamiento del sitio y bombardeo que sufriera en 1874, se sabía ya la suerte que esa conmemoración habría de correr». Por mucho que los republicanos y liberales se empeñasen en argumentar su postura -a saber, que la fiesta cívica era, en el fondo, una celebración de la victoria de la libertad de pensamiento frente a la intolerancia-, el resto de las formaciones no veían en ella nada más que la excusa para hacer un discurso partidista.
Los nacionalistas, por boca del concejal Urrengoechea, denunciaron con bastante sarcasmo la falta de libertad, fraternidad e igualdad en el proceder de los republicanos que pretendían que la conmemoración del levantamiento del sitio de Bilbao se convirtiese más en una fiesta política que en el mero recuerdo de un hecho histórico. Los socialistas, por su parte, afirmaron que nunca debieron acudir a esa fiesta por tratarse de la celebración de un acto bélico, algo a lo que cualquier partido obrero se oponía. Y, aunque reconocían que habían existido «compañeros que en estos dos últimos años votaron y concurrieron á la procesión cívica», tal apoyo se produjo «por contrarrestar actos de los partidos reaccionarios».
En todo aquel maremagno antirrepublicano y antiliberal, sus enemigos naturales, los carlistas, guardaron un satisfecho silencio. Sabedores de su victoria, dejaron los argumentos en manos de nacionalistas y socialistas. El resultado fue que por «17 votos contra 12 se acordó que no se celebre la procesión cívica ni festejos populares y por 24 contra 5 que se repartan el 2 de mayo socorros á los Asilos benéficos». Esto último fue lo que no gustó en absoluto a los reaccionarios bilbaínos. La minoría carlista señaló que rechazar la celebración de la procesión cívica y otorgar un socorro especial a los necesitados, precisamente en esa fecha, era un contradicción preocupante porque «esas limosnas en otro día cualquiera no tienen significación, pero la tienen entregándolas el 2 de mayo». No les faltaba razón.
La otra fiesta de la que también se habló en abril fue de la del Primero de Mayo. Noticias procedentes del extranjero señalaban que eran bastantes los elementos obreros radicales que trabajaban denodadamente para que el 1 de mayo se iniciase una huelga general, a ser posible en toda Europa, que durase hasta la consecución de la jornada de ocho horas. Las comisiones más díscolas y combativas eran las de París, Hamburgo y Milán. En España, las tentativas realizadas tanto en Barcelona como en Bilbao se habían quedado en nada. «La masa general del proletariado español -se afirmaba en la prensa-, se muestra bastante indiferente á estos proyectos». Según fuentes bien informadas, los socialistas vizcaínos no querían oír hablar de la huelga general debido a que consideraban «una locura en las circunstancias actuales, cuando la crisis de trabajo es tan honda, cuando la miseria se ceba horriblemente en los hogares obreros, aconsejar á los trabajadores que se empeñaran en una huelga en pro de las ocho horas de trabajo». Eran los anarquistas, pocos en número pero muy escandalosos, los que encendían los ánimos en las áreas proletarias de la margen izquierda para que los trabajadores se sumasen al paro general. Sin embargo, a pesar de ese puñado de elementos descontrolados, se aseguraba que la celebración del Primero de Mayo de 1906 sería, como el año anterior, muy tranquila, «limitándose á cesar en el trabajo en ese día y á celebrar los mitins y manifestaciones de costumbre».
No se equivocaron. El primer día de mayo fue de calma casi total. Lógicamente, para ello se tomaron las correspondientes precauciones por parte de la comisión organizadora, sobre todo de cara a evitar que los grupos anarquistas se salieran con la suya. El llamamiento para acudir a las manifestaciones y mítines en Bilbao, Sestao, Barakaldo, Erandio, Leioa, Begoña, Muskiz, Ortuella, Sopuerta, La Arboleda y Gallarta fue todo un éxito. Con disciplina y sin montar el más mínimo escándalo reseñable. «En las minas no se trabajó, ni en los Astilleros, ni circularon los trenes mineros, ni se trabajó tampoco en varias fábricas de los alrededores de la villa. En ésta se trabajó en varios talleres y en los muelles. Los que trabajaron no sufrieron coacción alguna».
Mártires de la libertad
Al día siguiente, 2 de mayo, las calles pasaron a ser tomadas por liberales y republicanos. Ante la negativa municipal de celebrar la citada fiesta, la Sociedad El Sitio, apoyada por la Diputación Provincial, fue la principal instancia organizadora de los distintos eventos de ese día. El momento más importante y emotivo, como era habitual, lo constituyó la procesión cívica por las Calzadas de Mallona hasta el «mausoleo de los mártires de la libertad». Fue reseñable, eso sí, la presencia de los buques 'Numancia' y 'Marqués de Molina', que fondearon en el puerto exterior, del Capitán General de Departamento, señor Cervera, y del Ministro de Marina, señor Concas, respectivamente. Con su asistencia, el Gobierno dejaba patente su adhesión a la fiesta liberal. Como cabía esperar, los actos se desarrollaron sin incidentes.
Al igual que los obreros, los liberales y los republicanos optaron por celebrar su fiesta sin proclamas reivindicativas frente a grupos contrarios. No obstante, tanta corrección era engañosa. No se obró así por satisfacción y voluntad, sino más bien porque no estaba la situación para gestos extremos. Mejor esperar a otro momento.